Aix-en-Provence
La mirada que le devolvió el espejo no era la suya. Observó aquellos ojos durante unos minutos sin saber que era aquello que de repente los hacía tan distintos a como siempre habían sido. No fue capaz de descubrirlo... ¡Eran sus ojos, seguían siéndolo! No quiso darle más vueltas, al fin y al cabo iba a ser un día especial y nada ni nadie iba a echarlo a perder.
Se acercó a Anne, que todavía seguía dormida y la besó dulcemente en los labios.
-Tengo que irme, volveré a tiempo, te lo prometo. Marie se queda contigo y estará atenta a todo lo que necesites.
19 de enero de 1839. Un día que Louis-Auguste jamás olvidaría. No había conseguido el día libre así que, sin poder dejar de pensar en Anne y en lo que pronto sucedería, bajó la carretera en dirección a la cantera que se encontraba a las afueras de Aix. Le esperaba un duro día de trabajo pero a la vuelta... ¡la emoción le embargaba con solo pensar en la vuelta!
A mitad de trayecto comenzó a llover. Louis-Auguste no podía permitirse parar en busca de refugio, si lo hacía llegaría tarde y tendría que vérselas con el encargado de la cantera. Ahora más que nunca, no podía arriesgarse.
La lluvia no duró más de cinco minutos. De repente aquella sensación volvió a aparecer. Louis-Auguste sentía algo extraño en su interior, no eran sus ojos los que le mostraban todo aquello. Todo lo que veía parecía pasar por un filtro que multiplicaba su belleza. Fue consciente de colores en los que jamás se había fijado y la luz... ¡era asombroso todos los matices que era capaz de distinguir ahora! Observó a su alrededor. Más de treinta años viviendo en la zona y jamás había sentido toda esa magia. El paisaje de la Provence, sus colinas y montañas, los campos centelleantes bajo el sol, los bosques fustigados por el Mistral, sus pueblecitos tendidos sobre las escarpadas laderas, los ríos, los estanques... ¿cómo no había sabido valorar antes aquel tesoro?
Extasiado por tanta belleza olvidó completamente que debía ir a trabajar, que Anne estaba en casa a punto de dar a luz. Sus pies andaban solos, le guiaban, no tenía que pensar a donde iba y se dejo llevar. Se desvió del camino en dirección al estanque, que no tardó en aparecer. La verde pradera que se extendía a los lados parecía llamarle y Louis-Auguste no dudó en tumbarse sobre ella; enseguida se quedó dormido.
Los sueños casi nunca se recuerdan pero el de esa mañana perdura intacto en la memoria de Louis-Auguste: un niño de cuatro años comenzaba sus primeros bocetos que más tarde regalaba a sus padres, ese mismo niño a los doce se empieza a interesar por la pintura, un joven comienza sus estudios en la Escuela de Dibujo...
Una vida entera pasó por su mente...
De repente, despertó. Se acercó al estanque y volvió a ver reflejados aquellos ojos. Seguía sin reconocerlos, nunca antes los había visto pero ahora consiguió ver fusionadas la mirada de Anne y la suya y lo comprendió todo. Miró el reloj... y salió corriendo a casa con la esperanza de llegar a tiempo.
Al entrar en la finca se encontró a su hermana Marie despidiendo al doctor Brémond. Nada más verle sonrieron, todo había salido bien.
-Enhorabuena Louis, Anne y tú acabáis de tener un niño... ¡Es precioso! Ya verás que ojos...
Su hermana tenía razón... ¡qué ojos! Eran... ¡aquellos ojos!
-Aquí le tienes, Louis... He pensado que podríamos llamarle Paul, como tu padre... ¿qué te parece?
-Paul... ¿Cómo el Veronés o como Rubens? Tiene nombre de artista... y presiento que lo será y... ¡ uno de los grandes! Inmortalizará los paisajes de la zona como nunca nadie lo ha...
Anne no pudo contenerse y le calló con un apasionado beso.
-Me encanta que estés tan loco...
Y esto fue lo que le contaron Anne y Louis-Auguste Cézanne a Paul el día que marchó a probar suerte a la lejana París...
Pirata
Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera. Practicaba día y noche; no necesitaba dormir. Vestía harapos, llevaba un parche fabricado con restos de tela y no disfrutaba de más compañía que la de un viejo cuervo negro que hacía las veces de loro. Se llamaba así mismo “El Capitán” y se consideraba un pirata sin mar. Vivía sólo en medio del campo.
Hasta hacía poco no sabía lo que era un pirata. Pero ahora lo era. Su antigua existencia se limitaba a una repetición de elementos sin sentido: noche y día, trigo y pájaros; invierno y verano; trigo y pájaros; trigo y pájaros...
Sin sentido...
Estaba condenado a una vida absurda que no entendía... hasta que...
Fue una noche sin luna. Las estrellas brillaban con tal fuerza que mareaban. Debían estar tramando algo. De repente una de ellas se cansó de estar quieta en el mismo sitio y se soltó... Cayó hasta perderse en el horizonte y no regresó. Poco a poco el resto hizo lo mismo. Podría haberse tratado de una lluvia de estrellas normal, de las que se disfrutan todos los veranos. No lo fue... desaparecieron todas menos una que, cuando se quedó absolutamente sola en la oscuridad de la noche, con todo el cielo para ella, aumentó de tamaño hasta igualar el de la ausente luna.
-Espantapájaros...
Probó de nuevo:
-¡Espantapájaros!
Todo lo sorprendido que podía estar un ser sin corazón... el espantapájaros subió la cabeza...
-Vengo a traerte una ilusión, una razón para vivir. Simplemente dime lo que deseas...
El espantapájaros no dijo nada.
-¿No me contestas?
No sabía hablar, ni siquiera comprendía lo que le estaban diciendo.
-Contestame. Muy pocos tienen esta oportunidad, no la dejes pasar.
Entonces la estrella comprendió...
-No puedo conceder nada que no me hallan pedido, pero si darte algo que pidió otro... Tengo un deseo pendiente. Hace unos años un niño deseó ser un pirata, iba a concedérselo pero...el coche se salió de la carretera... no me dio tiempo... Ahora es tuyo.
La habitación del deseo
La habitación del deseo no debía andar muy lejos. Según las indicaciones que le había dado la joven de la recepción debía estar justo en el pasillo en el que se encontraba. Sin embargo, no le rodeaban más que paredes de terciopelo granate, telarañas y alguna que otra lámpara con forma de candelabro. Ni rastro de ninguna puerta.
Muy lejos de allí, una niña rompía con ira todos sus juguetes que poco a poco se amontonaban por su enorme dormitorio. La pequeña princesita desplegaba de esta forma su antojadiza ira. Era su quinto cumpleaños y no había conseguido lo que quería, cosa a lo que no estaba acostumbrada. Su padre, que ahora intentaba calmarla, se lo había prometido y, aunque había movido cielo y tierra, no había podido conseguirlo.
Siguió andando. La ocasión lo merecía. Si los rumores eran ciertos... sería el primero en llegar a la famosa habitación del deseo. No podía rendirse, tarde o temprano todos sus esfuerzos se verían recompensados y la encontraría. Estaba nervioso, su corazón todavía no se creía lo que estaba a punto de suceder.
El rey estaba desesperado, ya no sabía que hacer. Había hecho llamar a magos, cuentacuentos, malabaristas, enanos, bufones, dragones, hadas y toda clase de increíbles seres pero nada parecía ser lo suficiente bueno para la princesita. Ella quería SU regalo. El que le habían prometido. El berrinche de la pequeña rayaba ya el límite de lo soportable cuando...
¿Qué era esa luz? Después de horas y horas andando por aquel pasillo granate... ¡por fin parecía que había dado con ella! ¡La habitación del deseo! Una dulce música empezaba a oírse a lo lejos. A medida que se acercaba se podía distinguir de que se trataba: la bella melodía de un arpa. Esto pintaba bien...
¡Una carta! ¡Y con buenas noticias! ¡La princesita tendría lo que había pedido y el palacio volvería a recobrar su antigua tranquilidad! El rey no podía estar más contento... El regalo aun no estaba listo pero solo quedaba la última pieza, que estaba a punto de formar parte de aquella familia ya casi completa: una madre que tocaba el arpa, una pareja de abuelitos que descansaban en sus mecedoras, una niña rubia que hacía carantoñas a un bebe, un niño pecoso que jugaba con un gato blanco...
Nadie se había presentado voluntario por lo que habían tenido que engañar a unos cuantos infelices (al último con no sé que de una habitación del deseo).
El momento había llegado. Se encontraba frente a la puerta de la habitación del deseo, sin saber que no serían precisamente los suyos los que se iban a cumplir. Se sentía sin duda el hombre más feliz de la Tierra... Aquella dulce música le llamaba... giró el pomo... dio unos pasos... y...
...se completó el regalo de la princesa: una casita de muñecas de personas de verdad. Diminutas personas de verdad... que serían pequeños muñecos por el resto de sus días.
Noir
El gatito correteó juguetón entre sus piernas. Como cada noche desde hacía ya un mes, así era como despertaba Laura. Solo le bastaba el suave y casi imperceptible tacto del pelaje de aquel gato negro sobre sus muslos para volver al mundo real. No sabía de donde había salido. Aparecía y punto. A la misma hora, todas y cada una de las últimas 31 noches un gato negro como el carbón aparecía de entre sus sábanas.
Laura vivía sola en un décimo piso. Sin gato. De hecho les tenía un miedo inexplicable, quizá por un trauma infantil. Cada vez que se topaba con uno de estos animales, sentía como si tuviera delante al mismísimo demonio. Hasta que de la nada apareció este gato. Laura no se explicaba lo que estaba sucediendo... pero cada vez que aparecía, ese miedo se borraba y sentía unas infrenables ganas de abrazarlo, mimarlo, acariciarlo.
Había empezado a tomarse todo aquello como un sueño. Debía serlo, ya que no tenía ningún control sobre los hechos. Siempre se repetía lo mismo, al detalle: el gato llegaba, jugueteaba entre sus piernas desnudas, ella lo cogía y se quedaba diez minutos acariciándolo sobre su regazo. Transcurridos esos diez minutos Laura siempre se volvía a dormir y al despertar no había ni rastro del gato.
Había intentado aguantar más allá de los diez minutos pero... simplemente era imposible. Llegado el momento una fuerza inexplicable hacía que cerrase los ojos.
También había intentado levantarse de la cama para traerle algo de comer o simplemente cogerlo antes de tiempo o de alguna otra manera. No podía. Parecía una marioneta... todo ocurría exactamente igual a la noche anterior.
Como cada noche, el gato llegó. Jugó con Laura, que estuvo un rato acariciándolo..., y quitándose de un plumazo aquel disfraz de dulce y adorable bolita de peluche... mientras Laura disfrutaba sin temor de sus últimos minutos antes de caer rendida... y con un movimiento ágil y traicionero... le arrancó el corazón.
II
-Te conozco demasiado bien –una voz ronca apareció casi de la nada, rompiendo el silencio de la habitación. Hasta ese momento Gonzalo dormía abrazado a su almohada. Los primeros rayos de luz jugueteaban en el cristal. Era muy temprano: acababa de amanecer.
-Te conozco demasiado bien y sé que no serás capaz de hacerlo.
Sentado en la silla del ordenador el dueño de aquella voz le miraba burlonamente.
-Ya lo sé, prefieres ignorarme... Pero no podrás llegar a ninguna parte con esa chica.
Gonzalo se hacía el dormido, procurando no moverse. No tenía miedo, ya estaba acostumbrado a sus visitas y no le tomaba muy en serio.
-Todo se torcerá, como siempre. Da igual lo que hagas para impedirlo. Te saldrá mal. –soltó como sí tal cosa aquel personaje mientras con todo descaro cotilleaba la ropa que Gonzalo tenía preparada para mañana- Me gusta tu estilo, chaval. Que pena que no lo vayas a poder aprovechar para salir con... ¿cómo se llamaba?
Gonzalo comenzaba a enfadarse, pero seguía evitándole. La experiencia le había enseñado que con él era mejor no entrar al trapo.
-¡Natalia! ¡Eso! Se llama Natalia... Mira que no acordarme...Menudo bomboncito, mmm...Un buen polvo, si señor. Bueno, vete haciendo a la idea. Las cosas con Natalia no saldrán como tú esperas. De eso ya me encargaré yo...
Gonzalo no podía más. Aquel ser se había dedicado a arruinar constantemente su vida... no le dejaba actuar, siempre se entrometía. Esta vez no lo iba a permitir. No con Natalia. No con lo que más quería en el mundo. Había perdido amigos, empleos, muchas oportunidades pero no perdería a Natalia.
Furioso, se levantó de la cama de un salto y le propinó un puñetazo en toda la nariz. El extraño cayó al suelo sangrando, pero no tardó en recuperarse.
-No deberías haber hecho eso, amigo. Lo peor que puedes hacer es luchar contigo mismo, menos contra tu parte poderosa.
Gonzalo no pudo reaccionar. Su doble demostró que, sin duda, era él más fuerte. Tras la paliza que recibió quedó inconsciente.
El otro Gonzalo cogió el cuerpo y de una forma fría, sin rastro del más mínimo sentimiento, metió al verdadero en la cama.
-Eres débil, compañero, pero te recuperarás. O más me vale... sin ti yo no existiría. Llega el momento de actuar. Todavía no sé lo que le sucederá a la encantadora Natalia, pero te aseguro que tras este ejemplar comportamiento tuyo... nada bueno. Pierdo el tiempo, ni siquiera puedes oirme...
Acto seguido se puso la camiseta y los vaqueros que Gonzalo había dejado preparados en la silla. Era idéntico a él, Natalia no notaría la diferencia. Cogió el móvil de Gonzalo, marcó...
-¡Hola Natalia! Si, soy yo. Ahora mismo llegó...
Verdirrojo
-Hola, ¿bailas conmigo?
Las cinco y cuarto de la tarde, un lunes cualquiera de una semana cualquiera. Un violinista toca en la Plaza de Cibeles, a metro y medio de una de las bocas de metro de Banco de España, la más cercana al Retiro.
-¿Me oyes? Te estoy hablando a ti... la de rojo.
-Si, ya te había oído. No sabía muy bien como reaccionar.
-Siempre había querido hablarte.
-He estado esperando a que lo hicieses mucho tiempo.
-¿Y por que no lo hiciste tú?
-No es mi estilo, ya sabes tengo fama de... bueno ya sabes lo que dicen de mí.
-No, no lo sé. ¿Qué dicen?
-Ya sabes, me llaman borde, cortante, estricta... y ni siquiera me conocen. De hecho, muy poca gente sabe que tras este corte de pelo y estas vestimentas tan masculinas se esconde una mujer... Pocos me toman en serio. Tienen prisa, no sé. Ya he causado demasiados accidentes...
-Ninguno es culpa tuya. La gente es muy incauta... Simplemente haces tu trabajo.
No sé... Pero a mí me pareces encantadora.
-Gracias por intentar animarme. De encantadora no tengo mucho. Aunque... bueno... todavía no entiendo porque... ahora, después de tantos años compartiendo esquina... decides fijarte en mi... Nunca lo habías hecho...
-Eso no es cierto. No puedo dejar de observarte. Todos los días. Tanto que me estoy volviendo loco. Esta dichosa timidez mía... no me ha dejado acercarme a ti.
- Yo también te he observado, y mucho. Siempre me has gustado... aunque yo no soy la única: la gente te adora ¿sabes? Todo el mundo espera impaciente tu aparición. Seguro que alguna de las cientos de chicas que pasan por aquí a menudo te habrá hecho tilín. Además me contaron lo tuyo con...
-No, no... solo fue un desliz. Ella era demasiado mayor para mí y también demasiado famosa. Solo nos veíamos por la noche, cuando toda aquella oleada de fotos cesaba. Por otra parte, aquellas dos matas de pelo celosas no nos dejaban darle al tema cómodamente. La deje cuando me entere... digamos que me engaño con uno de esos energúmenos merengues.
-Cuanto lo siento. Hacíais buena pareja.
-Que va, ella es una diosa, yo un simple muñecote. Lo olvidé hace mucho. Insisto... ¿bailas conmigo?
Inexplicablemente aquel semáforo no volvió a funcionar jamás. Si te fijas bien la próxima vez que acabes por allí, quizá te encuentres con una diminuta pareja de enamorados verde y roja, bailando al compás de un violín.
Metamorfosis
El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y mi memoria, que ya no es lo que era, se asemeja más a un suelo encerado –donde nada se salva de resbalar- que a una red de eficientes y colaboradoras neuronas. De todas formas y a pesar de los largos años pasados, me veo con la suficiente fuerza como para intentar contaros la historia de cómo un caprichoso libro logró capturarme.
Los libros, como las personas, saben desplegar con maestría los engaños más pérfidos y sutiles con tal de salirse con la suya. Por aquel entonces desconocía tal afirmación. Recuerdo que apareció por primera vez una mañana de abril. Como casi siempre, me encontraba en el estudio rodeado de mis libros, todos conocidos y queridos. Todos menos uno. No tardé demasiado en darme cuenta, sus tapas verdes brillaban con un aire de superioridad: entre los miles y miles de ejemplares de mi adorada biblioteca había un intruso. El título fue lo que más me extrañó: mi nombre en letras doradas.
Mi nieta vino a buscarme: Abuelo, ya es la hora de cenar. Ven conmigo que te ayudo a bajar las escaleras. ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara. Pues claro que me encontraba bien, solo estaba un poco sorprendido. Dejé el libro en una esquina; ya le echaría un vistazo más tarde.
Cuando aquella noche volví a la biblioteca el libro ya no estaba. Pensé que sería la edad, que me lo habría imaginado; los meses pasaron y poco a poco me fui olvidando de él.
Pasé el verano rodeado de libros. En casa parecían estar preocupados, decían que me veían muy cambiado, pero nunca descubrí a que se referían. En octubre mi nieta comenzó su primer año en la universidad, y octubre fue el terrible mes en que me convertí en lo que ahora soy.
El libro aprovechó una noche cualquiera para reaparecer, me esperaba sobre la cama. Esta vez no le iba a dejar escapar. Me metí en la cama y comencé a leer...
Cuentos. El misterioso libro estaba plagado de cuentos de todas clases. Todos maravillosos. No había forma de parar de leer: el libro me había hipnotizado; pasaban las horas, los días, pero era incapaz de soltarlo. Cada cuento era mejor que el anterior, lo que parecería imposible si se habían leído más de cien, todos de extraordinaria calidad. Si alguno de mis hijos había subido a ver si estaba bien no me había dado cuenta. El libro parecía no tener fin. No sé cuanto tiempo pasó, quizá semanas, cuando...
Doctor: tenemos miedo. Nuestro padre lleva más de dos semanas sin comer, tampoco duerme. Lo único que hace es leer ese extraño libro. Al principio creíamos que se trataba de alguna clase de broma pero no reacciona ni al más desesperado de nuestros gritos. Le intentamos mover de la cama, zarandearle para que reaccionara pero no hemos conseguido nada. Mi padre no pesa más de 80 kilos pero de repente es como si pesara quinientas toneladas. Su cuerpo está paralizado y frío. No está muerto, sus ojos se siguen moviendo al compás de las líneas que va leyendo. Lo que más nos asusta es esa gran sonrisa... ¡se ha vuelto loco, doctor!
El libro se quedó totalmente en blanco. Sus páginas comenzaron a arder y tuve que soltarlo de un respingo. Ya me has manoseado bastante, Mauricio. Has buceado impunemente por mis secretos y mis cuentos; te tengo enganchado a ellos. Puedo hacer contigo lo que me plazca. Y no dudes que lo haré...
Como si mi corazón fuese un imán y él cualquier clase de metal, aquel libro se pegó a mi pecho y comenzó a absorber.
Encerrado entre tapas verdes y letras doradas, espero algún tipo de pellizco que me despierte de esta surrealista pesadilla. Desde la más alta de mis estanterías contempló horrorizado como mis hijos han enfermado de locura después de verme desaparecer.
Erase una vez...
Erase una vez una palabra que se escapó de una canción. Cuentan que ocurrió una noche de San Juan, en un pueblo costero cercano a la frontera. El nombre de aquel lugar ya nadie lo recuerda; quizá sea el miedo lo que nubla la memoria.
Arropados por el calor y la luz de decenas de hogueras desperdigadas por la playa, el pueblo entero celebraba un año más la llegada del verano. La música y el vino eran los reyes absolutos de la noche. La gente bailaba extasiada alrededor de la hoguera central. Bebían y reían como locos. Todos los años el alcalde contrataba al mismo grupo de músicos, pero este año no sería como los demás.
La palabra sabía que esa noche tocarían la canción y estaba decidida a huir de ella. Aprovecharía la oscuridad de la noche. Sabía que, sino le ponía remedio, estaba condenada a quedarse en aquella canción para siempre. También conocía las consecuencias que sus actos tendrían sobre aquellas gentes pero a pesar de todo estaba dispuesta a intentarlo.
Uno de los músicos, el más alto y moreno, hizo un gesto para que el resto dejara de tocar. La gente comprendió que había llegado el momento de parar de bailar y sentarse a escuchar. Una guitarra española comenzó a sonar y con ella la dulce y mágica voz de aquel hombre. Canción tras canción se iba metiendo a aquellas gentes en el bolsillo. Era el momento, la palabra debía huir...
El cielo se llenó de nubes negras. Comenzó a llover. Las hogueras se apagaron. De repente el cantante se paró en seco a mitad de canción. Su cara se quedó blanca y sin ninguna expresión. Los brazos cayeron inertes y con ella la guitarra que segundos antes tocaban sus vivos dedos. La nuca de aquel hombre cayó hacia atrás, de tal forma que su garganta se colocó en un perfecto eje vertical. Acto seguido su boca se abrió y de ella comenzó a salir un hilo de humo blanco.
La palabra estaba huyendo pero para ello debía dejarse oír por última vez. Un horrible sonido salió de las profundidades de aquella garganta. Poco después se escuchó una palabra a voz en grito.
Nadie supo jamás de que palabra se trataba porque tanto el cantante que la pronunció por última vez como todo aquel que se encontrará en la playa murió en el acto. La palabra por fin era libre. A veces algún incauto la pronuncia pero corre la misma suerte que los presentes aquella noche de San Juan.
Desafio a Las Moiras
Y allí estaba, entre mis manos temblorosas. No era más que un dado diminuto. Un dado negro, blanco y diminuto. Brillaba, seguramente sería de marfil o de algún otro exótico material. Miré a mi alrededor: se respiraba una burlona y sarcástica paz, allí siempre era de noche. El cielo se había teñido de morado y sobre él flotaban malhumoradas nubes grises. Las estrellas parecían estar riéndose de mí.
Mi frente se inundaba poco a poco de sudor frío y pegajoso. No podía despegar la vista de mis manos, aquel horrible objeto me estaba hipnotizando. Ninguna de las tres dejaba de mirarme, mostrándome muecas que en lejanos momentos de juventud habrían sido frías sonrisas. Disfrutaban viendo sufrir a primerizos como yo.
Sonia había decidido ir al examen. No tenía ninguna gana de que ese raro dolor de cabeza le llevara directita a septiembre; su esfuerzo le había costado llegar a aprobar lo que llevaba de carrera como para no presentarse ahora. Se había estudiado todo de pe a pa, la microbiología siempre le había encantado e iba dispuesta a bordar el examen.
Andando hacía el aparcamiento volvió a notar aquellas extrañas punzadas en la cabeza. Tuvo que parar porque el dolor se había contagiado de una forma misteriosa a sus piernas, que se negaban a seguir caminando. “¡Vamos estúpidas!¿Qué os pasa? ¡No me hagáis esto ahora!”. Falsa alarma. “Los nervios me están jugando una mala pasada” pensó.
Sobrevolábamos la ciudad en una especie de masa informe, de la cual solo sabría describir la textura: muy rugosa e incómoda, como la de un saco de patatas. No parecíamos tener prisa, las tres viejas parecían disfrutar del ritual. ¿Cómo podían divertirse ante semejante atrocidad?
-¿Tienes las tijeras a mano, hermanita?
-Resplandecientes y dispuestas a trabajar.
-Perfecto. El crío, mírale. ¿No te entra la risa?
-No hay mejor noche que la que pasamos con un novato, sin duda.
Dos de ellas cuchicheaban mientras la tercera, totalmente ciega y con los ojos vendados intentaba encontrar algo palpando con sus agrietadas manos, hasta que dio con un ovillo de hilo dorado que inmediatamente pasó a sus hermanas.
Al llegar al aparcamiento Sonia ya se encontraba mejor. Ahora solo tenía que coger la autovía y en veinte escasos minutos llegaría a la facultad. Al acercarse al coche frunció el ceño: alguien se había dedicado a llenarle el parabrisas de publicidad, y no se había conformado con un par de panfletos... la luna del coche estaba tan llena que no se veía a través de ella. Aunque tenía prisa Sonia no pudo evitar echarle un vistazo a alguno de aquellos papeles, de hecho en todos ponía lo mismo. “Descanse en paz”.
Lo reconozco, soy un asesino. No me arrepiento de lo que hice, a pesar de tener que pagar por ello de esta horrible manera. En cierta medida me merezco lo que me está sucediendo. Aquella noche mi padre volvió extremadamente borracho. Sin ninguna razón agarró a mi madre por el cuello y la molió a golpes en medio del pasillo. La dejó ahí, tirada. Años y años de maltrato pesaban sobre la débil alma de mi madre que murió aquella noche en el hospital. Mi padre ni siquiera se enteró: dormía plácidamente con las venas rebosantes de alcohol. Regresé a casa, envenenado por la fatídica noticia que me acababan de anunciar. Abrí la puerta del dormitorio. Puñalada al corazón. Mi padre murió como un cerdo en una matanza.
Meses después sufrí un grave accidente de tráfico. El tribunal me esperaba.
Ahora mismo podría estar pudriéndome en el infierno pero, dadas las circunstancias del caso y mi juventud, decidieron bajarme la condena. Y allí estaba, ayudando a un trío de viejas locas en su tétrico trabajo. Cortar el hilo de la vida. Yo era el encargado del dado y aquella era mi primera noche.
¿Qué significaba todo esto? Podría haberse tratado del anuncio de una nueva marca de colchones pero no, en todos aquellos panfletos sólo se podía leer un grande y rojo “Descanse en paz”, nada de nombres de empresas, ninguna firma. ¿Quién se habría dedicado a gastarle semejante broma? Se acercó al resto de los coches del aparcamiento; nada. Sin duda el mejor adjetivo para describir todo aquello era “macabro”.
-Todo está listo, chico. Lanza el dado.
No. No podía, no quería matar a Sonia. Su suerte dependía del dado, de mí y de mi temblorosa mano.
-Hazlo de una vez, chico. Es su destino, la muerte es sabia.
¿La muerte es sabia? ¡Qué ridiculez! ¿Por qué tenía que morir aquella chica? ¿Por qué unas viejas caprichosas lo hubieran decidido?
Miró al reloj. Si quería llegar a tiempo tenía que olvidarse de todo aquello. Malhumorada se deshizo de los papeles, que se desperdigaron por el suelo del aparcamiento.
Nada más entrar en la autovía el viento comenzó a soplar con mucha fuerza. “Estamos a mediados de junio, ¿qué narices le pasara al tiempo?”La carretera estaba desierta, eran las nueve de la mañana y a Sonia le extrañó ser la única conductora, normalmente hasta pillaba algún atasco. Cambió de marcha y al hacerlo se observó el brazo. Por la muñeca corría una densa gotita de sangre. Sonia se asustó. Se remangó la camisa y descubrió, petrificada, una herida en su antebrazo. Sobre su blanca piel resplandecía un rojo mensaje: “diez minutos”.
-En diez minutos esto tiene que estar listo, chico. ¿Se puede saber que te pasa? Tu cometido es de lo más simple...
Aquel dado iba a decidir la muerte de Sonia. Y yo sería su verdugo. Asesiné a mi padre pero...
Aquel extraño dolor de cabeza volvió a aparecer. El viento soplaba con más fuerza y Sonia notaba que la estabilidad del vehículo ya no dependía de ella, que se encontraba cada vez peor. Sonia juraría que se había desecho de todos aquellos papeles pero uno de ellos se sujetaba desafiante al parabrisas: “Descanse en paz”.
El dolor de cabeza se acrecentó, sentía como si fuera a perder el conocimiento. Una enorme ráfaga de viento sacudió el coche, que en cualquier momento acabaría saliéndose de la carretera. Volvió a suceder lo de antes: Sonia perdió la movilidad de las piernas. Era como si su cuerpo se estuviera rebelando.
Rebelión... Los nervios dejaron paso a unos pequeños rayos de lucidez y la palabra apareció en su mente. Una sonrisa decidida y cómplice envolvió sus labios. El tribunal le condenaría, probablemente ardería en el infierno toda la eternidad. Asesino sí, pero no de inocentes. Solo se le ocurría una cosa... Con una de las manos que antes lo sostenía temblando, se acercó el dado a la boca y sin pensarlo dos veces se lo tragó.
El papel desapareció del parabrisas y el viento se marchó con la misma rapidez con la que había llegado, dejando paso a un sol resplandeciente. De las entradas a la autoría comenzaron a llegar cada vez más coches.
El mareo de Sonia se esfumó; al pisar el embrague con éxito supo que sus piernas volvían a ser las de antes. Bajo su camisa no había ni rastro de la herida ni del mensaje escrito con sangre.
Una vez sentada comprobó que todo estaba en orden: DNI sobre la mesa, lápiz, goma y el examen tipo test de microbiología. A la derecha: un dado blanco y negro, muy pequeño y brillante. En el encabezado del examen y con tinta roja: “Descansa en paz: no era el momento”.
Buenos días, princesa
Una enorme sonrisa asomó a sus labios al comprobar que Alice ya había llegado a la cafetería. En un pueblo tan perdido y sin apenas habitantes, era difícil que ocurriese algo parecido. Pero estaba sucediendo y aunque María podría haber decidido no seguir el juego, algo le decía que era mejor así y que no se arrepentiría. Aquella historia la tenía totalmente enganchada.
En la ciudad hubiera sido diferente; llevaba cinco largos años trabajando como camarera en un antro de Chicago donde podía suceder casi cualquier cosa, la mayoría de las veces peligrosa. María estaba harta de robos, redadas policiales, drogas, violaciones y asesinatos. Su antigua cafetería tenía el dudoso honor de acoger a la peor entre la mala hierba del distrito, que ya era peligroso de por sí. Como camarera había tenido que aguantar diariamente una cantidad exagerada de insinuaciones sexuales de muy mal gusto, piropos poco merecedores de tal calificativo e incluso acoso por parte de clientes salidos, borrachos, perturbados, viejos verdes, ex-presidiarios y calaña similar. Se podía decir que tenía nula suerte con los hombres, si es que a tales individuos se les podía llamar así.
-Buenos días, Alice- canturreó- ¿alguna novedad?
-Sabes de sobra que todos los lunes las tienes –contestó Alice con una sonrisa cómplice- aquí tienes la de hoy.
No llevaba más de dos meses trabajando en Bogart´s cuando Alice le dio la primera notita.
-Esta mañana vino un hombre con sombrero y me dijo que te la diera, que era urgente.
Se sorprendió al encontrar en ella un relato de W. Milles, su escritor favorito y una nota al dorso con las siguientes palabras:
María, no tengo la suerte de escribir tan bien como este hombre pero espero al menos haberte hecho sonreír. “No te fíes de desconocidos”... te avisaron de pequeña, pero no te dijeron nada de admiradores majos como yo. Soy totalmente inofensivo, por lo que no seas mala y dame una pequeña oportunidad.
Te propongo un juego. Si quieres que te siga escribiendo, ven a la playa. Notaré tu presencia.
Las mitades son peligrosamente solitarias hasta que se encuentran.
Nunca había tenido un “admirador” que no escupiera en el suelo, ni se rascara partes innobles o la llamase “bomboncito” mirándole el escote. En definitiva, hasta ese momento asociaba la palabra “hombre” con la de “energúmeno”. No podía evitar que le hiciese ilusión ese repentino cambio de aires. María se sintió extraña con esta primera carta, pero como fue una extrañeza cálida y agradable se decidió a ir a la playa como le había sugerido el desconocido, que seguramente estaría observando desde alguna de las terrazas. De todas formas, aconsejada por su inconsciente criado en la desconfianza, le contó a Alice toda la historia y le pidió que la acompañase por sí las moscas.
Pasaron los meses y todos los lunes recibía un sobre azul con relato y nota incluida. Poco a poco el desconocido le iba contando algo de su vida, pequeños detalles. No sabía gran cosa pero lo suficiente para poder darle a la imaginación: el desconocido era inglés, había estudiado Filosofía en su Inglaterra natal y había emigrado a Estados Unidos para ocuparse de un negocio familiar. Había sido profesor de literatura en un colegio del Estado y era obvio que le encantaba.
Todos los lunes María acudía a la playa, pero ya no le pedía a Alice que la acompañase. Solía releer el relato mirando las olas, o caminando tranquilamente por la orilla y disfrutando con las imágenes del desconocido que su mente inventaba.
Ya que era a Alice a quien le entregaba el sobre todos los lunes por la mañana, María había tratado de sonsacarle cualquier dato sobre aquel hombre que, ayudándose de literatura, le estaba atrapando de aquella manera. Alice parecía divertirse sin soltar prenda, solo le decía que era una persona linda a su manera pero no había forma de que concretara más.
-Toma nena –Alice le entregaba la carta del día- hoy tu admirador ha optado por cambiar el color del sobre. Ya me dirás si significa algo.
-Gracias Alice, aunque no sé si te lo mereces... si estuvieras en mi lugar sería buena amiga y te contaría con pelos y señales todo lo que supiera... ¿Es guapo? ¿Qué edad tiene?
-Lindo a su manera, si te digo más no tiene gracia.
El sobre era idéntico al anterior salvo por el verde brillante que lo teñía. En el espacio para el remite alguien había garabateado una bicicleta. Las manos de María temblaron un poco, su intuición tendía a pensar como Alice: aquel cambio tenía significado.
Buenos días princesa:
Que poco original soy, ya no sólo copio relatos sino películas.
Hace frío y la gente no se entera de que ya ha llegado la primavera, pero tú tienes una pequeña ventaja: me tienes a mi para avisarte.
Esta vez quiero que me conozcas y esta vez no te pido que vayas a la playa. ¿Qué te sugiere el cambio de look de mi tradicional sobre? Este pueblo es poco verde y lo único digno que he encontrado ha sido el parquecito frente a Correos. Te espero allí a las doce en punto.
Nerviosa, se giró en dirección a la barra para contárselo a Alice, pero debía haber entrado un momento a la cocina; sólo estaba Hanna, la chica nueva, a la que sonrió y dedicó un rápido dile a Alice que volveré dentro de un rato.
Quedaban quince minutos. Llegaba tarde. ¿Por qué le habría citado tan pronto? No le había dado tiempo ni a reaccionar. Quizá formara parte del plan del desconocido. Se calmó un poco: llegaba dentro de los diez minutos de cortesía y después de todo lo que el admirador había hecho por conocerla, seguramente esperaría todo lo que hiciese falta- pensó.
Ya se veía el parque a lo lejos, no tenía pérdida ni lugar para confusiones ya que, como bien había dicho el desconocido, el pueblo tenía pocas zonas verdes y la única era demasiado pequeña. Sólo había una persona sentada en el banco, junto a un sombrero, una bicicleta verde y un libro de W.Milles. Sin duda era linda a su manera...
-Buenos días princesa –le saludó Alice con una gran sonrisa.