Aix-en-Provence
Se acercó a Anne, que todavía seguía dormida y la besó dulcemente en los labios.
-Tengo que irme, volveré a tiempo, te lo prometo. Marie se queda contigo y estará atenta a todo lo que necesites.
19 de enero de 1839. Un día que Louis-Auguste jamás olvidaría. No había conseguido el día libre así que, sin poder dejar de pensar en Anne y en lo que pronto sucedería, bajó la carretera en dirección a la cantera que se encontraba a las afueras de Aix. Le esperaba un duro día de trabajo pero a la vuelta... ¡la emoción le embargaba con solo pensar en la vuelta!
A mitad de trayecto comenzó a llover. Louis-Auguste no podía permitirse parar en busca de refugio, si lo hacía llegaría tarde y tendría que vérselas con el encargado de la cantera. Ahora más que nunca, no podía arriesgarse.
La lluvia no duró más de cinco minutos. De repente aquella sensación volvió a aparecer. Louis-Auguste sentía algo extraño en su interior, no eran sus ojos los que le mostraban todo aquello. Todo lo que veía parecía pasar por un filtro que multiplicaba su belleza. Fue consciente de colores en los que jamás se había fijado y la luz... ¡era asombroso todos los matices que era capaz de distinguir ahora! Observó a su alrededor. Más de treinta años viviendo en la zona y jamás había sentido toda esa magia. El paisaje de la Provence, sus colinas y montañas, los campos centelleantes bajo el sol, los bosques fustigados por el Mistral, sus pueblecitos tendidos sobre las escarpadas laderas, los ríos, los estanques... ¿cómo no había sabido valorar antes aquel tesoro?
Extasiado por tanta belleza olvidó completamente que debía ir a trabajar, que Anne estaba en casa a punto de dar a luz. Sus pies andaban solos, le guiaban, no tenía que pensar a donde iba y se dejo llevar. Se desvió del camino en dirección al estanque, que no tardó en aparecer. La verde pradera que se extendía a los lados parecía llamarle y Louis-Auguste no dudó en tumbarse sobre ella; enseguida se quedó dormido.
Los sueños casi nunca se recuerdan pero el de esa mañana perdura intacto en la memoria de Louis-Auguste: un niño de cuatro años comenzaba sus primeros bocetos que más tarde regalaba a sus padres, ese mismo niño a los doce se empieza a interesar por la pintura, un joven comienza sus estudios en la Escuela de Dibujo...
Una vida entera pasó por su mente...
De repente, despertó. Se acercó al estanque y volvió a ver reflejados aquellos ojos. Seguía sin reconocerlos, nunca antes los había visto pero ahora consiguió ver fusionadas la mirada de Anne y la suya y lo comprendió todo. Miró el reloj... y salió corriendo a casa con la esperanza de llegar a tiempo.
Al entrar en la finca se encontró a su hermana Marie despidiendo al doctor Brémond. Nada más verle sonrieron, todo había salido bien.
-Enhorabuena Louis, Anne y tú acabáis de tener un niño... ¡Es precioso! Ya verás que ojos...
Su hermana tenía razón... ¡qué ojos! Eran... ¡aquellos ojos!
-Aquí le tienes, Louis... He pensado que podríamos llamarle Paul, como tu padre... ¿qué te parece?
-Paul... ¿Cómo el Veronés o como Rubens? Tiene nombre de artista... y presiento que lo será y... ¡ uno de los grandes! Inmortalizará los paisajes de la zona como nunca nadie lo ha...
Anne no pudo contenerse y le calló con un apasionado beso.
-Me encanta que estés tan loco...
Y esto fue lo que le contaron Anne y Louis-Auguste Cézanne a Paul el día que marchó a probar suerte a la lejana París...



