Cromosoma

sábado, 1 de septiembre de 2007

Aix-en-Provence

La mirada que le devolvió el espejo no era la suya. Observó aquellos ojos durante unos minutos sin saber que era aquello que de repente los hacía tan distintos a como siempre habían sido. No fue capaz de descubrirlo... ¡Eran sus ojos, seguían siéndolo! No quiso darle más vueltas, al fin y al cabo iba a ser un día especial y nada ni nadie iba a echarlo a perder.

Se acercó a Anne, que todavía seguía dormida y la besó dulcemente en los labios.

-Tengo que irme, volveré a tiempo, te lo prometo. Marie se queda contigo y estará atenta a todo lo que necesites.

19 de enero de 1839. Un día que Louis-Auguste jamás olvidaría. No había conseguido el día libre así que, sin poder dejar de pensar en Anne y en lo que pronto sucedería, bajó la carretera en dirección a la cantera que se encontraba a las afueras de Aix. Le esperaba un duro día de trabajo pero a la vuelta... ¡la emoción le embargaba con solo pensar en la vuelta!

A mitad de trayecto comenzó a llover. Louis-Auguste no podía permitirse parar en busca de refugio, si lo hacía llegaría tarde y tendría que vérselas con el encargado de la cantera. Ahora más que nunca, no podía arriesgarse.

La lluvia no duró más de cinco minutos. De repente aquella sensación volvió a aparecer. Louis-Auguste sentía algo extraño en su interior, no eran sus ojos los que le mostraban todo aquello. Todo lo que veía parecía pasar por un filtro que multiplicaba su belleza. Fue consciente de colores en los que jamás se había fijado y la luz... ¡era asombroso todos los matices que era capaz de distinguir ahora! Observó a su alrededor. Más de treinta años viviendo en la zona y jamás había sentido toda esa magia. El paisaje de la Provence, sus colinas y montañas, los campos centelleantes bajo el sol, los bosques fustigados por el Mistral, sus pueblecitos tendidos sobre las escarpadas laderas, los ríos, los estanques... ¿cómo no había sabido valorar antes aquel tesoro?

Extasiado por tanta belleza olvidó completamente que debía ir a trabajar, que Anne estaba en casa a punto de dar a luz. Sus pies andaban solos, le guiaban, no tenía que pensar a donde iba y se dejo llevar. Se desvió del camino en dirección al estanque, que no tardó en aparecer. La verde pradera que se extendía a los lados parecía llamarle y Louis-Auguste no dudó en tumbarse sobre ella; enseguida se quedó dormido.

Los sueños casi nunca se recuerdan pero el de esa mañana perdura intacto en la memoria de Louis-Auguste: un niño de cuatro años comenzaba sus primeros bocetos que más tarde regalaba a sus padres, ese mismo niño a los doce se empieza a interesar por la pintura, un joven comienza sus estudios en la Escuela de Dibujo...

Una vida entera pasó por su mente...


De repente, despertó. Se acercó al estanque y volvió a ver reflejados aquellos ojos. Seguía sin reconocerlos, nunca antes los había visto pero ahora consiguió ver fusionadas la mirada de Anne y la suya y lo comprendió todo. Miró el reloj... y salió corriendo a casa con la esperanza de llegar a tiempo.

Al entrar en la finca se encontró a su hermana Marie despidiendo al doctor Brémond. Nada más verle sonrieron, todo había salido bien.

-Enhorabuena Louis, Anne y tú acabáis de tener un niño... ¡Es precioso! Ya verás que ojos...

Su hermana tenía razón... ¡qué ojos! Eran... ¡aquellos ojos!

-Aquí le tienes, Louis... He pensado que podríamos llamarle Paul, como tu padre... ¿qué te parece?

-Paul... ¿Cómo el Veronés o como Rubens? Tiene nombre de artista... y presiento que lo será y... ¡ uno de los grandes! Inmortalizará los paisajes de la zona como nunca nadie lo ha...

Anne no pudo contenerse y le calló con un apasionado beso.

-Me encanta que estés tan loco...

Y esto fue lo que le contaron Anne y Louis-Auguste Cézanne a Paul el día que marchó a probar suerte a la lejana París...

Pirata

Imaginaba que era un pirata cuando jugaba con su espada de madera. Practicaba día y noche; no necesitaba dormir. Vestía harapos, llevaba un parche fabricado con restos de tela y no disfrutaba de más compañía que la de un viejo cuervo negro que hacía las veces de loro. Se llamaba así mismo “El Capitán” y se consideraba un pirata sin mar. Vivía sólo en medio del campo.

Hasta hacía poco no sabía lo que era un pirata. Pero ahora lo era. Su antigua existencia se limitaba a una repetición de elementos sin sentido: noche y día, trigo y pájaros; invierno y verano; trigo y pájaros; trigo y pájaros...

Sin sentido...

Estaba condenado a una vida absurda que no entendía... hasta que...

Fue una noche sin luna. Las estrellas brillaban con tal fuerza que mareaban. Debían estar tramando algo. De repente una de ellas se cansó de estar quieta en el mismo sitio y se soltó... Cayó hasta perderse en el horizonte y no regresó. Poco a poco el resto hizo lo mismo. Podría haberse tratado de una lluvia de estrellas normal, de las que se disfrutan todos los veranos. No lo fue... desaparecieron todas menos una que, cuando se quedó absolutamente sola en la oscuridad de la noche, con todo el cielo para ella, aumentó de tamaño hasta igualar el de la ausente luna.

-Espantapájaros...

Probó de nuevo:

-¡Espantapájaros!

Todo lo sorprendido que podía estar un ser sin corazón... el espantapájaros subió la cabeza...

-Vengo a traerte una ilusión, una razón para vivir. Simplemente dime lo que deseas...

El espantapájaros no dijo nada.

-¿No me contestas?

No sabía hablar, ni siquiera comprendía lo que le estaban diciendo.

-Contestame. Muy pocos tienen esta oportunidad, no la dejes pasar.

Entonces la estrella comprendió...

-No puedo conceder nada que no me hallan pedido, pero si darte algo que pidió otro... Tengo un deseo pendiente. Hace unos años un niño deseó ser un pirata, iba a concedérselo pero...el coche se salió de la carretera... no me dio tiempo... Ahora es tuyo.

La habitación del deseo



La habitación del deseo no debía andar muy lejos. Según las indicaciones que le había dado la joven de la recepción debía estar justo en el pasillo en el que se encontraba. Sin embargo, no le rodeaban más que paredes de terciopelo granate, telarañas y alguna que otra lámpara con forma de candelabro. Ni rastro de ninguna puerta.

Muy lejos de allí, una niña rompía con ira todos sus juguetes que poco a poco se amontonaban por su enorme dormitorio. La pequeña princesita desplegaba de esta forma su antojadiza ira. Era su quinto cumpleaños y no había conseguido lo que quería, cosa a lo que no estaba acostumbrada. Su padre, que ahora intentaba calmarla, se lo había prometido y, aunque había movido cielo y tierra, no había podido conseguirlo.

Siguió andando. La ocasión lo merecía. Si los rumores eran ciertos... sería el primero en llegar a la famosa habitación del deseo. No podía rendirse, tarde o temprano todos sus esfuerzos se verían recompensados y la encontraría. Estaba nervioso, su corazón todavía no se creía lo que estaba a punto de suceder.

El rey estaba desesperado, ya no sabía que hacer. Había hecho llamar a magos, cuentacuentos, malabaristas, enanos, bufones, dragones, hadas y toda clase de increíbles seres pero nada parecía ser lo suficiente bueno para la princesita. Ella quería SU regalo. El que le habían prometido. El berrinche de la pequeña rayaba ya el límite de lo soportable cuando...

¿Qué era esa luz? Después de horas y horas andando por aquel pasillo granate... ¡por fin parecía que había dado con ella! ¡La habitación del deseo! Una dulce música empezaba a oírse a lo lejos. A medida que se acercaba se podía distinguir de que se trataba: la bella melodía de un arpa. Esto pintaba bien...

¡Una carta! ¡Y con buenas noticias! ¡La princesita tendría lo que había pedido y el palacio volvería a recobrar su antigua tranquilidad! El rey no podía estar más contento... El regalo aun no estaba listo pero solo quedaba la última pieza, que estaba a punto de formar parte de aquella familia ya casi completa: una madre que tocaba el arpa, una pareja de abuelitos que descansaban en sus mecedoras, una niña rubia que hacía carantoñas a un bebe, un niño pecoso que jugaba con un gato blanco...

Nadie se había presentado voluntario por lo que habían tenido que engañar a unos cuantos infelices (al último con no sé que de una habitación del deseo).


El momento había llegado. Se encontraba frente a la puerta de la habitación del deseo, sin saber que no serían precisamente los suyos los que se iban a cumplir. Se sentía sin duda el hombre más feliz de la Tierra... Aquella dulce música le llamaba... giró el pomo... dio unos pasos... y...

...se completó el regalo de la princesa: una casita de muñecas de personas de verdad. Diminutas personas de verdad... que serían pequeños muñecos por el resto de sus días.


Noir

El gatito correteó juguetón entre sus piernas. Como cada noche desde hacía ya un mes, así era como despertaba Laura. Solo le bastaba el suave y casi imperceptible tacto del pelaje de aquel gato negro sobre sus muslos para volver al mundo real. No sabía de donde había salido. Aparecía y punto. A la misma hora, todas y cada una de las últimas 31 noches un gato negro como el carbón aparecía de entre sus sábanas.

Laura vivía sola en un décimo piso. Sin gato. De hecho les tenía un miedo inexplicable, quizá por un trauma infantil. Cada vez que se topaba con uno de estos animales, sentía como si tuviera delante al mismísimo demonio. Hasta que de la nada apareció este gato. Laura no se explicaba lo que estaba sucediendo... pero cada vez que aparecía, ese miedo se borraba y sentía unas infrenables ganas de abrazarlo, mimarlo, acariciarlo.

Había empezado a tomarse todo aquello como un sueño. Debía serlo, ya que no tenía ningún control sobre los hechos. Siempre se repetía lo mismo, al detalle: el gato llegaba, jugueteaba entre sus piernas desnudas, ella lo cogía y se quedaba diez minutos acariciándolo sobre su regazo. Transcurridos esos diez minutos Laura siempre se volvía a dormir y al despertar no había ni rastro del gato.

Había intentado aguantar más allá de los diez minutos pero... simplemente era imposible. Llegado el momento una fuerza inexplicable hacía que cerrase los ojos.

También había intentado levantarse de la cama para traerle algo de comer o simplemente cogerlo antes de tiempo o de alguna otra manera. No podía. Parecía una marioneta... todo ocurría exactamente igual a la noche anterior.
Como cada noche, el gato llegó. Jugó con Laura, que estuvo un rato acariciándolo..., y quitándose de un plumazo aquel disfraz de dulce y adorable bolita de peluche... mientras Laura disfrutaba sin temor de sus últimos minutos antes de caer rendida... y con un movimiento ágil y traicionero... le arrancó el corazón.

II


-Te conozco demasiado bien –una voz ronca apareció casi de la nada, rompiendo el silencio de la habitación. Hasta ese momento Gonzalo dormía abrazado a su almohada. Los primeros rayos de luz jugueteaban en el cristal. Era muy temprano: acababa de amanecer.

-Te conozco demasiado bien y sé que no serás capaz de hacerlo.

Sentado en la silla del ordenador el dueño de aquella voz le miraba burlonamente.

-Ya lo sé, prefieres ignorarme... Pero no podrás llegar a ninguna parte con esa chica.

Gonzalo se hacía el dormido, procurando no moverse. No tenía miedo, ya estaba acostumbrado a sus visitas y no le tomaba muy en serio.

-Todo se torcerá, como siempre. Da igual lo que hagas para impedirlo. Te saldrá mal. –soltó como sí tal cosa aquel personaje mientras con todo descaro cotilleaba la ropa que Gonzalo tenía preparada para mañana- Me gusta tu estilo, chaval. Que pena que no lo vayas a poder aprovechar para salir con... ¿cómo se llamaba?

Gonzalo comenzaba a enfadarse, pero seguía evitándole. La experiencia le había enseñado que con él era mejor no entrar al trapo.

Natalia! ¡Eso! Se llama Natalia... Mira que no acordarme...Menudo bomboncito, mmm...Un buen polvo, si señor. Bueno, vete haciendo a la idea. Las cosas con Natalia no saldrán como tú esperas. De eso ya me encargaré yo...

Gonzalo no podía más. Aquel ser se había dedicado a arruinar constantemente su vida... no le dejaba actuar, siempre se entrometía. Esta vez no lo iba a permitir. No con Natalia. No con lo que más quería en el mundo. Había perdido amigos, empleos, muchas oportunidades pero no perdería a Natalia.

Furioso, se levantó de la cama de un salto y le propinó un puñetazo en toda la nariz. El extraño cayó al suelo sangrando, pero no tardó en recuperarse.

-No deberías haber hecho eso, amigo. Lo peor que puedes hacer es luchar contigo mismo, menos contra tu parte poderosa.

Gonzalo no pudo reaccionar. Su doble demostró que, sin duda, era él más fuerte. Tras la paliza que recibió quedó inconsciente.

El otro Gonzalo cogió el cuerpo y de una forma fría, sin rastro del más mínimo sentimiento, metió al verdadero en la cama.

-Eres débil, compañero, pero te recuperarás. O más me vale... sin ti yo no existiría. Llega el momento de actuar. Todavía no sé lo que le sucederá a la encantadora Natalia, pero te aseguro que tras este ejemplar comportamiento tuyo... nada bueno. Pierdo el tiempo, ni siquiera puedes oirme...

Acto seguido se puso la camiseta y los vaqueros que Gonzalo había dejado preparados en la silla. Era idéntico a él, Natalia no notaría la diferencia. Cogió el móvil de Gonzalo, marcó...

-¡Hola Natalia! Si, soy yo. Ahora mismo llegó...

Verdirrojo

-Hola, ¿bailas conmigo?

Las cinco y cuarto de la tarde, un lunes cualquiera de una semana cualquiera. Un violinista toca en la Plaza de Cibeles, a metro y medio de una de las bocas de metro de Banco de España, la más cercana al Retiro.


-¿Me oyes? Te estoy hablando a ti... la de rojo.

-Si, ya te había oído. No sabía muy bien como reaccionar.

-Siempre había querido hablarte.

-He estado esperando a que lo hicieses mucho tiempo.

-¿Y por que no lo hiciste tú?

-No es mi estilo, ya sabes tengo fama de... bueno ya sabes lo que dicen de mí.

-No, no lo sé. ¿Qué dicen?

-Ya sabes, me llaman borde, cortante, estricta... y ni siquiera me conocen. De hecho, muy poca gente sabe que tras este corte de pelo y estas vestimentas tan masculinas se esconde una mujer... Pocos me toman en serio. Tienen prisa, no sé. Ya he causado demasiados accidentes...

-Ninguno es culpa tuya. La gente es muy incauta... Simplemente haces tu trabajo.
No sé... Pero a mí me pareces encantadora.


-Gracias por intentar animarme. De encantadora no tengo mucho. Aunque... bueno... todavía no entiendo porque... ahora, después de tantos años compartiendo esquina... decides fijarte en mi... Nunca lo habías hecho...

-Eso no es cierto. No puedo dejar de observarte. Todos los días. Tanto que me estoy volviendo loco. Esta dichosa timidez mía... no me ha dejado acercarme a ti.

- Yo también te he observado, y mucho. Siempre me has gustado... aunque yo no soy la única: la gente te adora ¿sabes? Todo el mundo espera impaciente tu aparición. Seguro que alguna de las cientos de chicas que pasan por aquí a menudo te habrá hecho tilín. Además me contaron lo tuyo con...

-No, no... solo fue un desliz. Ella era demasiado mayor para mí y también demasiado famosa. Solo nos veíamos por la noche, cuando toda aquella oleada de fotos cesaba. Por otra parte, aquellas dos matas de pelo celosas no nos dejaban darle al tema cómodamente. La deje cuando me entere... digamos que me engaño con uno de esos energúmenos merengues.

-Cuanto lo siento. Hacíais buena pareja.

-Que va, ella es una diosa, yo un simple muñecote. Lo olvidé hace mucho. Insisto... ¿bailas conmigo?


Inexplicablemente aquel semáforo no volvió a funcionar jamás. Si te fijas bien la próxima vez que acabes por allí, quizá te encuentres con una diminuta pareja de enamorados verde y roja, bailando al compás de un violín.

Metamorfosis

El título de aquel libro llamó poderosamente mi atención. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y mi memoria, que ya no es lo que era, se asemeja más a un suelo encerado –donde nada se salva de resbalar- que a una red de eficientes y colaboradoras neuronas. De todas formas y a pesar de los largos años pasados, me veo con la suficiente fuerza como para intentar contaros la historia de cómo un caprichoso libro logró capturarme.

Los libros, como las personas, saben desplegar con maestría los engaños más pérfidos y sutiles con tal de salirse con la suya. Por aquel entonces desconocía tal afirmación. Recuerdo que apareció por primera vez una mañana de abril. Como casi siempre, me encontraba en el estudio rodeado de mis libros, todos conocidos y queridos. Todos menos uno. No tardé demasiado en darme cuenta, sus tapas verdes brillaban con un aire de superioridad: entre los miles y miles de ejemplares de mi adorada biblioteca había un intruso. El título fue lo que más me extrañó: mi nombre en letras doradas.

Mi nieta vino a buscarme: Abuelo, ya es la hora de cenar. Ven conmigo que te ayudo a bajar las escaleras. ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara. Pues claro que me encontraba bien, solo estaba un poco sorprendido. Dejé el libro en una esquina; ya le echaría un vistazo más tarde.

Cuando aquella noche volví a la biblioteca el libro ya no estaba. Pensé que sería la edad, que me lo habría imaginado; los meses pasaron y poco a poco me fui olvidando de él.

Pasé el verano rodeado de libros. En casa parecían estar preocupados, decían que me veían muy cambiado, pero nunca descubrí a que se referían. En octubre mi nieta comenzó su primer año en la universidad, y octubre fue el terrible mes en que me convertí en lo que ahora soy.

El libro aprovechó una noche cualquiera para reaparecer, me esperaba sobre la cama. Esta vez no le iba a dejar escapar. Me metí en la cama y comencé a leer...


Cuentos. El misterioso libro estaba plagado de cuentos de todas clases. Todos maravillosos. No había forma de parar de leer: el libro me había hipnotizado; pasaban las horas, los días, pero era incapaz de soltarlo. Cada cuento era mejor que el anterior, lo que parecería imposible si se habían leído más de cien, todos de extraordinaria calidad. Si alguno de mis hijos había subido a ver si estaba bien no me había dado cuenta. El libro parecía no tener fin. No sé cuanto tiempo pasó, quizá semanas, cuando...

Doctor: tenemos miedo. Nuestro padre lleva más de dos semanas sin comer, tampoco duerme. Lo único que hace es leer ese extraño libro. Al principio creíamos que se trataba de alguna clase de broma pero no reacciona ni al más desesperado de nuestros gritos. Le intentamos mover de la cama, zarandearle para que reaccionara pero no hemos conseguido nada. Mi padre no pesa más de 80 kilos pero de repente es como si pesara quinientas toneladas. Su cuerpo está paralizado y frío. No está muerto, sus ojos se siguen moviendo al compás de las líneas que va leyendo. Lo que más nos asusta es esa gran sonrisa... ¡se ha vuelto loco, doctor!

El libro se quedó totalmente en blanco. Sus páginas comenzaron a arder y tuve que soltarlo de un respingo. Ya me has manoseado bastante, Mauricio. Has buceado impunemente por mis secretos y mis cuentos; te tengo enganchado a ellos. Puedo hacer contigo lo que me plazca. Y no dudes que lo haré...

Como si mi corazón fuese un imán y él cualquier clase de metal, aquel libro se pegó a mi pecho y comenzó a absorber.

Encerrado entre tapas verdes y letras doradas, espero algún tipo de pellizco que me despierte de esta surrealista pesadilla. Desde la más alta de mis estanterías contempló horrorizado como mis hijos han enfermado de locura después de verme desaparecer.

Erase una vez...



Erase una vez una palabra que se escapó de una canción. Cuentan que ocurrió una noche de San Juan, en un pueblo costero cercano a la frontera. El nombre de aquel lugar ya nadie lo recuerda; quizá sea el miedo lo que nubla la memoria.

Arropados por el calor y la luz de decenas de hogueras desperdigadas por la playa, el pueblo entero celebraba un año más la llegada del verano. La música y el vino eran los reyes absolutos de la noche. La gente bailaba extasiada alrededor de la hoguera central. Bebían y reían como locos. Todos los años el alcalde contrataba al mismo grupo de músicos, pero este año no sería como los demás.

La palabra sabía que esa noche tocarían la canción y estaba decidida a huir de ella. Aprovecharía la oscuridad de la noche. Sabía que, sino le ponía remedio, estaba condenada a quedarse en aquella canción para siempre. También conocía las consecuencias que sus actos tendrían sobre aquellas gentes pero a pesar de todo estaba dispuesta a intentarlo.

Uno de los músicos, el más alto y moreno, hizo un gesto para que el resto dejara de tocar. La gente comprendió que había llegado el momento de parar de bailar y sentarse a escuchar. Una guitarra española comenzó a sonar y con ella la dulce y mágica voz de aquel hombre. Canción tras canción se iba metiendo a aquellas gentes en el bolsillo. Era el momento, la palabra debía huir...

El cielo se llenó de nubes negras. Comenzó a llover. Las hogueras se apagaron. De repente el cantante se paró en seco a mitad de canción. Su cara se quedó blanca y sin ninguna expresión. Los brazos cayeron inertes y con ella la guitarra que segundos antes tocaban sus vivos dedos. La nuca de aquel hombre cayó hacia atrás, de tal forma que su garganta se colocó en un perfecto eje vertical. Acto seguido su boca se abrió y de ella comenzó a salir un hilo de humo blanco.

La palabra estaba huyendo pero para ello debía dejarse oír por última vez. Un horrible sonido salió de las profundidades de aquella garganta. Poco después se escuchó una palabra a voz en grito.

Nadie supo jamás de que palabra se trataba porque tanto el cantante que la pronunció por última vez como todo aquel que se encontrará en la playa murió en el acto. La palabra por fin era libre. A veces algún incauto la pronuncia pero corre la misma suerte que los presentes aquella noche de San Juan.

Desafio a Las Moiras

Y allí estaba, entre mis manos temblorosas. No era más que un dado diminuto. Un dado negro, blanco y diminuto. Brillaba, seguramente sería de marfil o de algún otro exótico material. Miré a mi alrededor: se respiraba una burlona y sarcástica paz, allí siempre era de noche. El cielo se había teñido de morado y sobre él flotaban malhumoradas nubes grises. Las estrellas parecían estar riéndose de mí.

Mi frente se inundaba poco a poco de sudor frío y pegajoso. No podía despegar la vista de mis manos, aquel horrible objeto me estaba hipnotizando. Ninguna de las tres dejaba de mirarme, mostrándome muecas que en lejanos momentos de juventud habrían sido frías sonrisas. Disfrutaban viendo sufrir a primerizos como yo.

Sonia había decidido ir al examen. No tenía ninguna gana de que ese raro dolor de cabeza le llevara directita a septiembre; su esfuerzo le había costado llegar a aprobar lo que llevaba de carrera como para no presentarse ahora. Se había estudiado todo de pe a pa, la microbiología siempre le había encantado e iba dispuesta a bordar el examen.

Andando hacía el aparcamiento volvió a notar aquellas extrañas punzadas en la cabeza. Tuvo que parar porque el dolor se había contagiado de una forma misteriosa a sus piernas, que se negaban a seguir caminando. “¡Vamos estúpidas!¿Qué os pasa? ¡No me hagáis esto ahora!”. Falsa alarma. “Los nervios me están jugando una mala pasada” pensó.

Sobrevolábamos la ciudad en una especie de masa informe, de la cual solo sabría describir la textura: muy rugosa e incómoda, como la de un saco de patatas. No parecíamos tener prisa, las tres viejas parecían disfrutar del ritual. ¿Cómo podían divertirse ante semejante atrocidad?

-¿Tienes las tijeras a mano, hermanita?

-Resplandecientes y dispuestas a trabajar.

-Perfecto. El crío, mírale. ¿No te entra la risa?

-No hay mejor noche que la que pasamos con un novato, sin duda.

Dos de ellas cuchicheaban mientras la tercera, totalmente ciega y con los ojos vendados intentaba encontrar algo palpando con sus agrietadas manos, hasta que dio con un ovillo de hilo dorado que inmediatamente pasó a sus hermanas.

Al llegar al aparcamiento Sonia ya se encontraba mejor. Ahora solo tenía que coger la autovía y en veinte escasos minutos llegaría a la facultad. Al acercarse al coche frunció el ceño: alguien se había dedicado a llenarle el parabrisas de publicidad, y no se había conformado con un par de panfletos... la luna del coche estaba tan llena que no se veía a través de ella. Aunque tenía prisa Sonia no pudo evitar echarle un vistazo a alguno de aquellos papeles, de hecho en todos ponía lo mismo. “Descanse en paz”.

Lo reconozco, soy un asesino. No me arrepiento de lo que hice, a pesar de tener que pagar por ello de esta horrible manera. En cierta medida me merezco lo que me está sucediendo. Aquella noche mi padre volvió extremadamente borracho. Sin ninguna razón agarró a mi madre por el cuello y la molió a golpes en medio del pasillo. La dejó ahí, tirada. Años y años de maltrato pesaban sobre la débil alma de mi madre que murió aquella noche en el hospital. Mi padre ni siquiera se enteró: dormía plácidamente con las venas rebosantes de alcohol. Regresé a casa, envenenado por la fatídica noticia que me acababan de anunciar. Abrí la puerta del dormitorio. Puñalada al corazón. Mi padre murió como un cerdo en una matanza.

Meses después sufrí un grave accidente de tráfico. El tribunal me esperaba.


Ahora mismo podría estar pudriéndome en el infierno pero, dadas las circunstancias del caso y mi juventud, decidieron bajarme la condena. Y allí estaba, ayudando a un trío de viejas locas en su tétrico trabajo. Cortar el hilo de la vida. Yo era el encargado del dado y aquella era mi primera noche.

¿Qué significaba todo esto? Podría haberse tratado del anuncio de una nueva marca de colchones pero no, en todos aquellos panfletos sólo se podía leer un grande y rojo “Descanse en paz”, nada de nombres de empresas, ninguna firma. ¿Quién se habría dedicado a gastarle semejante broma? Se acercó al resto de los coches del aparcamiento; nada. Sin duda el mejor adjetivo para describir todo aquello era “macabro”.

-Todo está listo, chico. Lanza el dado.

No. No podía, no quería matar a Sonia. Su suerte dependía del dado, de mí y de mi temblorosa mano.

-Hazlo de una vez, chico. Es su destino, la muerte es sabia.

¿La muerte es sabia? ¡Qué ridiculez! ¿Por qué tenía que morir aquella chica? ¿Por qué unas viejas caprichosas lo hubieran decidido?

Miró al reloj. Si quería llegar a tiempo tenía que olvidarse de todo aquello. Malhumorada se deshizo de los papeles, que se desperdigaron por el suelo del aparcamiento.

Nada más entrar en la autovía el viento comenzó a soplar con mucha fuerza. “Estamos a mediados de junio, ¿qué narices le pasara al tiempo?”La carretera estaba desierta, eran las nueve de la mañana y a Sonia le extrañó ser la única conductora, normalmente hasta pillaba algún atasco. Cambió de marcha y al hacerlo se observó el brazo. Por la muñeca corría una densa gotita de sangre. Sonia se asustó. Se remangó la camisa y descubrió, petrificada, una herida en su antebrazo. Sobre su blanca piel resplandecía un rojo mensaje: “diez minutos”.


-En diez minutos esto tiene que estar listo, chico. ¿Se puede saber que te pasa? Tu cometido es de lo más simple...

Aquel dado iba a decidir la muerte de Sonia. Y yo sería su verdugo. Asesiné a mi padre pero...

Aquel extraño dolor de cabeza volvió a aparecer. El viento soplaba con más fuerza y Sonia notaba que la estabilidad del vehículo ya no dependía de ella, que se encontraba cada vez peor. Sonia juraría que se había desecho de todos aquellos papeles pero uno de ellos se sujetaba desafiante al parabrisas: “Descanse en paz”.

El dolor de cabeza se acrecentó, sentía como si fuera a perder el conocimiento. Una enorme ráfaga de viento sacudió el coche, que en cualquier momento acabaría saliéndose de la carretera. Volvió a suceder lo de antes: Sonia perdió la movilidad de las piernas. Era como si su cuerpo se estuviera rebelando.

Rebelión... Los nervios dejaron paso a unos pequeños rayos de lucidez y la palabra apareció en su mente. Una sonrisa decidida y cómplice envolvió sus labios. El tribunal le condenaría, probablemente ardería en el infierno toda la eternidad. Asesino sí, pero no de inocentes. Solo se le ocurría una cosa... Con una de las manos que antes lo sostenía temblando, se acercó el dado a la boca y sin pensarlo dos veces se lo tragó.

El papel desapareció del parabrisas y el viento se marchó con la misma rapidez con la que había llegado, dejando paso a un sol resplandeciente. De las entradas a la autoría comenzaron a llegar cada vez más coches.

El mareo de Sonia se esfumó; al pisar el embrague con éxito supo que sus piernas volvían a ser las de antes. Bajo su camisa no había ni rastro de la herida ni del mensaje escrito con sangre.

Una vez sentada comprobó que todo estaba en orden: DNI sobre la mesa, lápiz, goma y el examen tipo test de microbiología. A la derecha: un dado blanco y negro, muy pequeño y brillante. En el encabezado del examen y con tinta roja: “Descansa en paz: no era el momento”.


Buenos días, princesa


Una enorme sonrisa asomó a sus labios al comprobar que Alice ya había llegado a la cafetería. En un pueblo tan perdido y sin apenas habitantes, era difícil que ocurriese algo parecido. Pero estaba sucediendo y aunque María podría haber decidido no seguir el juego, algo le decía que era mejor así y que no se arrepentiría. Aquella historia la tenía totalmente enganchada.

En la ciudad hubiera sido diferente; llevaba cinco largos años trabajando como camarera en un antro de Chicago donde podía suceder casi cualquier cosa, la mayoría de las veces peligrosa. María estaba harta de robos, redadas policiales, drogas, violaciones y asesinatos. Su antigua cafetería tenía el dudoso honor de acoger a la peor entre la mala hierba del distrito, que ya era peligroso de por sí. Como camarera había tenido que aguantar diariamente una cantidad exagerada de insinuaciones sexuales de muy mal gusto, piropos poco merecedores de tal calificativo e incluso acoso por parte de clientes salidos, borrachos, perturbados, viejos verdes, ex-presidiarios y calaña similar. Se podía decir que tenía nula suerte con los hombres, si es que a tales individuos se les podía llamar así.

-Buenos días, Alice- canturreó- ¿alguna novedad?

-Sabes de sobra que todos los lunes las tienes –contestó Alice con una sonrisa cómplice- aquí tienes la de hoy.

No llevaba más de dos meses trabajando en Bogart´s cuando Alice le dio la primera notita.

-Esta mañana vino un hombre con sombrero y me dijo que te la diera, que era urgente.

Se sorprendió al encontrar en ella un relato de W. Milles, su escritor favorito y una nota al dorso con las siguientes palabras:

María, no tengo la suerte de escribir tan bien como este hombre pero espero al menos haberte hecho sonreír. “No te fíes de desconocidos”... te avisaron de pequeña, pero no te dijeron nada de admiradores majos como yo. Soy totalmente inofensivo, por lo que no seas mala y dame una pequeña oportunidad.

Te propongo un juego. Si quieres que te siga escribiendo, ven a la playa. Notaré tu presencia.
Las mitades son peligrosamente solitarias hasta que se encuentran.



Nunca había tenido un “admirador” que no escupiera en el suelo, ni se rascara partes innobles o la llamase “bomboncito” mirándole el escote. En definitiva, hasta ese momento asociaba la palabra “hombre” con la de “energúmeno”. No podía evitar que le hiciese ilusión ese repentino cambio de aires. María se sintió extraña con esta primera carta, pero como fue una extrañeza cálida y agradable se decidió a ir a la playa como le había sugerido el desconocido, que seguramente estaría observando desde alguna de las terrazas. De todas formas, aconsejada por su inconsciente criado en la desconfianza, le contó a Alice toda la historia y le pidió que la acompañase por sí las moscas.

Pasaron los meses y todos los lunes recibía un sobre azul con relato y nota incluida. Poco a poco el desconocido le iba contando algo de su vida, pequeños detalles. No sabía gran cosa pero lo suficiente para poder darle a la imaginación: el desconocido era inglés, había estudiado Filosofía en su Inglaterra natal y había emigrado a Estados Unidos para ocuparse de un negocio familiar. Había sido profesor de literatura en un colegio del Estado y era obvio que le encantaba.


Todos los lunes María acudía a la playa, pero ya no le pedía a Alice que la acompañase. Solía releer el relato mirando las olas, o caminando tranquilamente por la orilla y disfrutando con las imágenes del desconocido que su mente inventaba.

Ya que era a Alice a quien le entregaba el sobre todos los lunes por la mañana, María había tratado de sonsacarle cualquier dato sobre aquel hombre que, ayudándose de literatura, le estaba atrapando de aquella manera. Alice parecía divertirse sin soltar prenda, solo le decía que era una persona linda a su manera pero no había forma de que concretara más.

-Toma nena –Alice le entregaba la carta del día- hoy tu admirador ha optado por cambiar el color del sobre. Ya me dirás si significa algo.

-Gracias Alice, aunque no sé si te lo mereces... si estuvieras en mi lugar sería buena amiga y te contaría con pelos y señales todo lo que supiera... ¿Es guapo? ¿Qué edad tiene?

-Lindo a su manera, si te digo más no tiene gracia.

El sobre era idéntico al anterior salvo por el verde brillante que lo teñía. En el espacio para el remite alguien había garabateado una bicicleta. Las manos de María temblaron un poco, su intuición tendía a pensar como Alice: aquel cambio tenía significado.


Buenos días princesa:

Que poco original soy, ya no sólo copio relatos sino películas.
Hace frío y la gente no se entera de que ya ha llegado la primavera, pero tú tienes una pequeña ventaja: me tienes a mi para avisarte.
Esta vez quiero que me conozcas y esta vez no te pido que vayas a la playa. ¿Qué te sugiere el cambio de look de mi tradicional sobre? Este pueblo es poco verde y lo único digno que he encontrado ha sido el parquecito frente a Correos. Te espero allí a las doce en punto.


Nerviosa, se giró en dirección a la barra para contárselo a Alice, pero debía haber entrado un momento a la cocina; sólo estaba Hanna, la chica nueva, a la que sonrió y dedicó un rápido dile a Alice que volveré dentro de un rato.


Quedaban quince minutos. Llegaba tarde. ¿Por qué le habría citado tan pronto? No le había dado tiempo ni a reaccionar. Quizá formara parte del plan del desconocido. Se calmó un poco: llegaba dentro de los diez minutos de cortesía y después de todo lo que el admirador había hecho por conocerla, seguramente esperaría todo lo que hiciese falta- pensó.

Ya se veía el parque a lo lejos, no tenía pérdida ni lugar para confusiones ya que, como bien había dicho el desconocido, el pueblo tenía pocas zonas verdes y la única era demasiado pequeña. Sólo había una persona sentada en el banco, junto a un sombrero, una bicicleta verde y un libro de W.Milles. Sin duda era linda a su manera...

-Buenos días princesa –le saludó Alice con una gran sonrisa.



Homenaje a una letra: ¿con be o con uve?*

Siempre has sido la gran olvidada. Nadie duda de las ventajas de pasar tan fácilmente desapercibida, de vivir tras la sombra de una alta y panzuda hermana gemela, al menos en cuanto a ADN fonético se refiere; pero, por muy bien que te tomes no ser la predilecta, reconoce que aunque te dé tranquilidad, muchas veces también te frustra. ¿Cómo te sientes cuando en sus libros de caligrafía muchos niños no saben que hacer contigo, en que palabras colocarte o incluso te cogen manía? ¿No estás harta de ser la primera en el ranking de las faltas de ortografía? ¿Y qué me dices de la típica y envenenada pregunta, esa que todo escolar pronuncia al menos una vez por semana?*

No estarás acostumbrada a los piropos, que se suelen llevar tus compañeras alfabéticas (la ese y su suavidad, la erre y su contundencia, la eñe y su peculiaridad) pero me gustan las palabras que formas (invierno, nieve, valor, viernes, vida, viento, vela) ¿dónde estarían las vacaciones de Navidad sin ti? También tu silueta; pareces una gaviota que vuela al viento sin preocuparse de lo que abajo , esos puntos chiquititos, opinen de ella.

Próxima parada

La última imagen que quedó plasmada en su retina fue la de su asesino. Pero eso ya no tenía la menor importancia, según le había asegurado el lúgubre personaje encargado de la taquilla.

El silencio era tan permanente como molesto; la ausencia de cualquier sonido ambiental y el mutismo de sus compañeros de fila era tal que causaba un extraño mareo. Sus oídos no podían soportar tal inactividad. Al igual que ocurre cuando el ruido es extremo, aquel silencio estaba poniendo en jaque su cordura.

Silencio. Silencio. SILENCIO. Víctor Willow se sorprendió al comprobar que sus zapatos, italianos, que antes resonaban a cada paso de su vida de triunfador, no producían el más mínimo sonido al rozar con el suelo. Dio una palmada. Nada. NADA. ¿Estaba sordo? ¡Era imposible! El disparo había ido directo al corazón, eso lo recordaba perfectamente, su sordera no podía haber sido causada por la bala.


Confuso, intentó pronunciar un tímido “perdone caballero” a la gris figura que le precedía en la fila. Nada. De sus labios no salía ningún sonido. Probó entonces dándole un golpecito en la espalda, para llamar su atención... Otro más. Con más fuerza... ¡¿Aquel hombre le estaba ignorando?!

-No se moleste –una voz con tonos simétricos y monótonos rompió el desesperante silencio- está muerto. Todos aquí lo están; no pueden oírle. Ni siquiera saben donde están. No saben ni sienten nada. Son como monigotes, ya no tienen alma. Simplemente cuerpos que se mueven. Si no me creé, mírele a los ojos...

Con dos zancadas rápidas adelantó a aquel extraño ser, y cual fue su horror al comprobar que... ¡tenia lo ojos completamente blancos! Ninguna expresión. Muerto.

No pudo evitar hacer la dichosa pregunta...

-Recuerdo un disparo, en el corazón... ¿yo también estoy muerto? ¡No! ¡no puede ser! Yo no soy como esto... todavía me siento vivo, ¡estoy vivo!

-No sabría que contestarle –ahora se daba cuenta, aquel hombre era el mismo que le había dado el billete de tren, el hombre de la taquilla- no entiendo mucho de estas cosas. Yo solo cumplo con mi trabajo. En teoría si lo está, pero tiene razón... está usted extrañamente vivo... Tiene luz en la mirada... y lo más sorprendente: es capaz de hablar, de pensar... se podría decir que sí, que sigue vivo. Pero entonces no sé que hace usted aquí...

-¿Ve toda aquella gente? –prosiguió-. Está muerta. Son como muebles. Podría decirles cualquier cosa, tirarles del pelo, empujarles... nada, no se inmutarían. Eso sí: andan, esa facultad no la han perdido. Andan hacia el terraplén, en procesión. Una procesión de muertos. Se dirigen al ferrocarril.

-¿Qué ferrocarril?

-¿Qué ferrocarril?¿Qué ferrocarril? ¡Que ferrocarril va a ser! Pues el único que hay –al hombre empezaba a molestarle tanta pregunta, acostumbrado al silencio sin vida del resto de los usuarios de la estación.

Escalofrío.

-¿Ha sentido usted eso? Un escalofrío... un terrible escalofrío...

-Si, a veces sucede. Es un aviso. El próximo tren está apunto de salir... Así que dese prisa.

-Pero... ¿a dónde va el ferrocarril?


-No debería hacerme estas preguntas. Solo con pensar la respuesta se me hiela el alma. ¡Qué lástima! ¡No me mire así! Con esos ojos tan... vivos. Yo convivo con la muerte, no estoy acostumbrado a otra cosa. Y tu vida me está taladrando.

-Pero... pero... ¿a dónde va ese tren?

-Va... va... ¡no va! Ese tren no va a ninguna parte. Ese tren... da vueltas infinitamente sin llegar jamás a ningún sitio. Es...es...el tren de la muerte...


-Pero... pero... ¿no me ve? ¿no me oye? ¡No estoy muerto! ¡No soy un pelele! ¡No quiero ir con ellos! –Víctor no puedo aguantar y rompió a llorar...

-Lo siento, es su destino. Es usted un muerto extraño... pero lo es y todo muerto debe entrar en ese tren. Es mi trabajo... no puede quedarse aquí.


A pesar del horrible llanto, el hombre de la taquilla le obligó a subir al tren. Víctor notaba como su corazón dejaba poco a poco de latir, se estaba convirtiendo en un monigote... Se quedaba sin vida... ; el resto le estaba contagiando. No tenía fuerzas para negarse a entrar al tren, el hombre de la taquilla no encontró ningún tipo de resistencia. En cuanto se quiso dar cuenta ya estaba sentado junto a tres monigotes más. Víctor era ya un semi-monigote. Con la poca voluntad y conciencia que le quedaban consiguió dirigir su mirada al reflejo de la ventanilla. Su mirada se estaba volviendo blanca. Víctor estaba muriendo.

-¿Cómo se encuentra doctor?

-Me temo que muy grave, señora. Su hijo Víctor ha perdido mucha sangre. Afortunadamente hemos conseguido extraerle la bala, que no había llegado a tocar el corazón por escasos milímetros. En estos momentos está en observación. No le puedo decir más, Señora Willow, pero estamos haciendo todo lo posible. En cuanto tenga noticias no dude en que será la primera en ser informada.

Víctor tenía sueño, su energía se iba, se perdía como un suspiro y ya no le chocaba la presencia de aquellos seres muertos e inexpresivos. Pronto sería uno de ellos. Pi pi pi pi... Algo resonaba en sus oídos... Pi pi pi pi... Quería dormir pero aquel sonido no le dejaba. Pi pi pi pi...

Alguien gritaba por megafonía...

-¡Paren el tren!¡Paren el dichoso tren!¡Ha habido una grave confusión! ¡Víctor Willow no está muerto!¡Paren el tren! ¡Han venido a buscarlo!

Era el hombre de la taquilla...

-Enhorabuena hijo –el doctor Harries, un hombre entrado en años de bata y sonrisa blancas le daba la bienvenida- has vuelto al tren de la vida.

La Noria

Apenas dos días después de mi cumpleaños, él me dejó aquella nota sobre el pomo de la puerta. Durante varias semanas la ignoré completamente. Debo reconocer que sentía un miedo asfixiante cada vez que mi mirada se cruzaba con aquel sobre granate. Tardé cinco días en acercarme a él, otros cinco en observarlo con más detalle y tres más en atreverme a tocarlo. A los quince días lo llevé a mi habitación y lo coloqué junto a todos los objetos personales que se había ido dejando olvidados. Mi hermano ya no estaba por lo que ya no tenía ningún sentido que siguieran aquí, en casa. Al recordar esto me derrumbé y me eché a llorar.

Javier y Carlos siempre habían sido amigos. Siempre. Cuando yo nací ya lo eran. No consigo recordar ningún cumpleaños, navidad o fecha señalada en la que Carlos no estuviera en casa. Se había convertido, más allá del amigo inseparable de mi hermano Javier, en una especie de primo. Lo considerábamos de la familia y mi madre siempre lo trató como a un tercer hijo.

De pequeños mi hermano no me dejaba acercarme a Carlos, supongo que no quería compartir a su amigo con una niña tan pequeña, cursi y llorona como lo era yo por aquel entonces. A veces los niños creen que sus amigos son de su propiedad y no dudan en luchar por su exclusividad frente a cualquier competidor. Nada de compartir. Algo semejante le ocurría a mi hermano. A Javier le molestaba muchísimo que el rival viviera en su mismo techo, que fuera nada más y nada menos que su propia hermana, la frágil muñequita de trenzas rubias y ojos azules que jugaba a las cocinitas y no cazaba pájaros, jugaba a indios y vaqueros o se peleaba en el barro.

A medida que pasaron los años, estos sentimientos infantiles, simples rabietas sin demasiada importancia, fueron convirtiéndose en verdaderos y ardientes celos. La adolescencia congeló nuestra relación. Nunca he llegado a comprender a mi hermano, tan frío... yo si le apreciaba pero terminé por tirar la toalla ante tanta muestra de desprecio. Estaba claro que él no me quería. Y a esto había que añadir lo inevitable: la mala suerte quiso que me enamorara de Carlos. El triángulo Javier-Carlos-Lucía se convirtió en una auténtica batalla. Carlos y yo éramos bastante flexibles a los cabreos y reproches de mi hermano pero él nunca dio su brazo a torcer. Jamás cedió un ápice. En el fondo Javier era una buena persona pero con un grave, incurable añadiría ahora, problema de soberbia, afán de protagonismo y tozudez. La amistad de los dos chicos comenzó a tener altibajos que siempre acababan superándose. Por aquel entonces mi egocéntrico hermano, se enamoró perdidamente de Amelia, una chica que no le hacía el más mínimo caso. Pero ya os he comentado de pasada la cabezonería de Javier. Daba igual cuantas veces le rechazara, él seguía insistiendo con más entusiasmo si cabe.

La suerte o lo que fuese quiso que Javier consiguiese plaza en una universidad alemana. En el fondo sé que lo hizo en un acto desesperado por conseguir a Amelia que también había conseguido plaza en la misma facultad.

Nunca llegué a salir con Carlos pero la ausencia de mi hermano nos unió muchísimo y no pude evitar enamorarme del todo. Nunca me atreví a confesárselo. Y, teniendo en cuenta el gran giro que pronto devoraría nuestras vidas, sé que es y será mejor así.

La relación con mi hermano era prácticamente nula, se limitaba a obligados “buenos días”, pese a mi insistencia por cambiar la descorazonadora situación. Nunca supe a ciencia cierta que es lo que tuvo Javier contra mí, me niego a creer que solo fueran celos infantiles. Jamás lo sabré.

Gracias a Carlos me enteré de que mi hermano había conseguido por fin su ansiado deseo: había comenzado a salir con Amelia. Principio del desastre. No duraron ni dos meses. Amelia, una chica de carácter caprichoso y perfecto ejemplo de niña de papá, cortó con mi hermano, él sospechó que había otro. Nunca entendí como Javier podía amar con tal persistencia a un ser tan egoísta y carente de sentimientos. Carlos me lo había contado mil veces, y tras sus palabras supe descubrir verdadero amor: me consuela saber que al menos mi hermano había querido a alguien. Pero esa bruja no se merecía esos sentimientos. Cuando Javier se suicidó ella ni siquiera se dignó a acudir al funeral.


Era increíble que un simple sobre produjera tanta inquietud. Mi hermano llegaba ya un mes ausente y a pesar de nuestra gélida relación le echaba de menos. El sobre tenía que ver con su muerte y no me sentía con fuerzas para abrirlo. Pero los días iban pasando y llevaba una buena temporada encerrada en casa con la única compañía de aquel sobre. Mi mano, temblorosa, comenzó a rasgar...


Perdónale. Era débil. La vida da vueltas indeseables, como una noria aleatoria que sube y baja, y a veces se para en una de esas posiciones, dejando a sus ocupantes desprotegidos. La noria se ha parado abajo. Si le damos un empujoncito puede que vuelva a subir, y que se pare ahí. Eso es lo que pretendo. No puedo esconderlo más: todo el amor que tu hermano te negó quiero ahora dártelo yo. Espero que lo aceptes y que aun no sea demasiado tarde. ¿Intentamos subir a lo alto de la noria? Allí te espero, Lucía. Te quiero.

Carlos.

Las doce en el reloj

A las ocho menos cinco se apagaron las luces. De repente, el tiempo no pasaba todo lo rápido que él hubiera esperado. Era una contradicción. Siempre había sido un chico extraordinariamente tranquilo y despreocupado, que observaba la vida como si de una obra teatral se tratara, una obra, por que no decirlo, que muchas veces se le hacía ajena e indiferente. Tenía un sueño ojeroso y no dudó en echarse al colchón.

Antojo del destino o no, Mario se levantó aquel martes harto de tanta cotidianidad. Podría haber sido cualquier otro día. Cualquier otro martes, sábado o lunes. Pero quizá sea relevante que aquello que comenzaba a agitarse en su interior eligiese esa fecha en concreto para estallar.

Aquel martes no podía ser, en absoluto, etiquetado de especial. Podría haber pasado perfectamente desapercibido. Pero fue entonces cuando las, hasta el momento conservadoras prioridades de Mario, que siempre habían tendido a lo seguro, que nunca habían arriesgado nada, estaban empezando a virar su rumbo. Quería coger el toro por los cuernos, probar a dejar su vida esparcirse a sus realísimas anchas y elegir la forma que sus deseos le dictasen. Simplemente sentía la necesidad.

Existían casi infinitas opciones para liberarse de aquella rutina que tanto le pesaba, como un saco de hormigón. Le sobraba imaginación, o eso le habían advertido siempre, para dar con cualquiera lo suficientemente acertada. Sin embargo, tenía claro que elegiría la que le reportara más posibilidades a largo plazo. Para eso era economista, algo tenía que influir. Cuando vio el cartel no lo dudó. ¿Acaso tenía, a estas alturas de la película, algo más que perder?

Los meses habían pasado sorprendentemente rápido. O esa fue, al menos, la sensación de Mario; a simple vista la apagada expresión de la mayoría de los rostros con los que se encontraba día a día por las calles de la ciudad, tan gris como sus habitantes, no parecían compartir su opinión. El gran día se acercaba... Tanto esfuerzo por fin traía recompensa. Sobre las tablas era una persona diferente. Daba todo lo bueno, pero también lo malo, que conseguía exprimir de sus venas. ¿Cómo reaccionaría el público? ¿Qué más daba? Mario, que aun así no pecaba de narcisismo, actuaba por y para sí mismo. Sonaba bien. Protagonista de “Las doce en el reloj”.



Augusto



Si llueve no veré a la gente desde la ventana, todos con sus paraguas como champiñones de colores. Y eso me pondrá triste, y si estoy triste me empezaré a encontrar mal: primero será una sensación casi imperceptible pero a medida que pase el día, sin una gota de luz, me empezaré a poner de colores raros y volverán esas fastidiosas migrañas que tanto me marchitaron el verano pasado.

Y no sólo eso, por si fuera poco Javier no está. No hay nadie en casa. Ni siquiera se oye el teléfono porque lo ha desenchufado. Todo el mundo está de vacaciones, o como si lo estuvieran. Maite en Salamanca con unas amigas, las niñas de “Erasmus-Orgasmus” (no me preguntéis lo que es, pero suena muy raro) y Javier... en un congreso en Brasil, disfrutando como un enano en el carnaval. Allí querría estar yo, rodeado de tanto colorido y alegría. La época post-navideña es un asco, todo se vuelve tan soso...


Augusto (así le bautizaron las niñas hace ya una década) está deprimido. De hecho, casi siempre lo está. Es un árbol un poco neurótico. No para de analizarlo todo, y hay que reconocer que más de una vez ha necesitado algún que otro flotador: se ahoga en un vaso de agua. En diciembre todo es diferente. Se siente el protagonista. Le llenan de guirnaldas y brillantes bolas de colores, los regalos le hacen cosquillas debajo de las ramas y todo huele a... roscón de reyes. En Navidad es feliz y se le nota: sus hojas lucen un verde hipnótico. Ahora está mustio. Y por si fuera poco estaba metido en un armario oscuro en el despacho de Javier. Digo estaba porque Augusto es muy espabilado para lo que quiere y siempre que no halla moros en la costa sale a la superficie del hogar de los Moreno. Y allí lo tenemos, con una depre del quince, oteando por la ventana... enfrascado en sus negativos pensamientos.


Aquí estoy frente al diván, todo verde, sin un mísero adorno. ¡Que digo verde!¡Me estoy poniendo amarillento! ¿Quién va a querer un árbol de Navidad amarillento? ¡Estoy para el arrastre! No me extrañaría nada que para el próximo año los Moreno me sustituyan por uno de esos farsantes de plástico...

Augusto lo pasa realmente mal. Comprenderle: tiene una personalidad débil. Fue criado en solitario, como parte de un experimento. Nunca ha estado en contacto con otras plantas, por lo menos de su misma especie, y eso tiene que afectarle.

Además al vivir la mayoría del año (salvo las Navidades que las pasa pletórico en el salón) en el despacho de Javier Moreno, distinguido psicólogo, es irremediable que los pacientes que cada día sueltan sus penas al aire tumbados en el diván le peguen algo o mucho de sus neurosis... Hablando de psicología... Upps... los pensamientos neuróticos de nuestro arbolito no me dejan seguir con la explicación, en cuanto Augusto decida hacer otra pausa en sus monólogos interiores, continuaré.

Si al menos tuviera alguien a quien escuchar... pero ni siquiera está enchufado el contestador. Salvo a los Moreno, nunca he tenido compañía que mereciese la pena. Los pececillos de colores se olvidaban de mí cada treinta segundos y encima se fueron pronto al otro barrio. Florence, esa flor francesa que trajeron una vez, era completamente insoportable y cursi... ¿de verdad creía aquella maruja que me importaba su cutis, sus maravillosas espinas o la moda parisina? Luego... estuvo aquel otro bicho, la araña; iba a lo suyo. También duró poco, la corrieron a escobazos. Y la gata de Maite no hacía más que marearme con esos repetitivos maullidos, a parte de dejar ese insoportable olor.

Si, él es siempreeee así. No brilla por su positividad. Os estaba contando lo de los orígenes de Augusto. Además de la psicología, a Javier le encanta la biología. Hace unos diez años se reunió con unos colegas biólogos para intentar crear un árbol de Navidad INMORTAL. Si, suena raro, lo sé. Pero la familia Moreno siempre ha sido muy tradicional y a Javier no le pareció mala idea probar sus numerosos conocimientos de biología y botánica en una tarea como ésta. A sus hijas, por entonces en edad de ilusionarse con este tipo de cosas, les gustaría la idea de tener un árbol de verdad para todas las navidades.

Tras arduos esfuerzos nació una ramita que poco a poco se fue convirtiendo en Augusto. Salvo sus frecuentes malestares causados principalmente por su carácter depresivo (lo que está comentando él de las hojas amarillentas) Augusto goza de una salud de hierro. Y está pensado que sea así siempre, Augusto no está programado para morir. Por supuesto él no tiene ni idea de tal ventaja biológica y está convencido de que pronto le sustituirán por un árbol de plástico.

Y encima huelo a jamón. Este olor no se me quita. ¡Maldita la hora en que decidí hacer una excursión a la cocina.! ¡No pude resistirme! Llevo toda mi vida en esta casa y no conozco más que este gris despacho y el maravilloso salón (como se puede comprobar Augusto tiene la habitación totalmente idealizada... ya que es allí donde pasa la mejores épocas de su existencia...; si supiera lo soso que es en realidad el resto del año, que no siempre está decorado con guirnaldas y tarjetas de Navidad...) Durante mi exploración una de las niñas (era tarde además, serían las cuatro de la mañana, ganas de jorobarme...) entró y no tuve otra alternativa que meterme detrás de la puerta donde tenían colgada una pata de jamón. Menos mal que la niña iba totalmente adormilada. Pero el olor a ibérico no se me va de las ramas... Eau de cerdo...

No sé que contaros más. Augusto se pasa once meses al año a caballo entre un armario oscuro escuchando a pacientes un tanto tarados y sus incursiones a la superficie... Un momento... ¿qué narices está haciendo ahora? ¡Se dirige a la puerta! ¡Augusto no suele comportarse así! ¡Desde su salida a la cocina no se mueve del despacho!

Estoy harto. Me estoy marchitando por momentos. Si los Moreno me ven así de tristón, soso y amarillento me tirarán al primer basurero con el que se topen. ¡En mi mano está que eso no ocurra! Tengo que hacer memoria... ¿dónde guardan mis adornos? ¿y las guirnaldas? Tengo que encontrarlas...


¿Le estáis escuchando? ¡Qué orgullosa estoy de nuestro arbolito! ¡Por fin deja de auto compadecerse y pasa a la acción! Aunque esta acción sea un tanto absurda... Como tú y yo sabemos: a Augusto nunca le tirarán, por muy feo que se ponga... Es una especie única, el primer árbol de Navidad inmortal de la historia, todo un espécimen digno del mayor cuidado. Javier, su orgulloso dueño, lo tiene en un pedestal, nunca se desharía de él. Pero, claro, eso Augusto no lo sabe.

Mierda... ¿donde tienen en esta casa lo verdaderamente importante...?Mucho libro, mucho cojín, lámparas y objetos varios por todas partes... pero ¿dónde esconderán lo que busco? En fin, tendré que arreglármelas de otra forma...

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Quince días más tarde los Moreno llegan todos juntos a casa (es una familia responsable que decide volver a la par de sus vacaciones o experiencias varias). Quizá lo que os voy a contar os suene ya de algo: es una leyenda urbana muy famosa. En el medio del salón, verde e eufórico de alegría, se encuentran a Augusto, nuestro peculiar árbol de Navidad, envuelto en papel higiénico de los de colores (hay que reconocerlo, los Moreno eran un poco pijos XD) y con una enorme estrella de papel de aluminio -hecha por el mismo- en lo alto de su última rama.



Nada de nada (I)



Al cerrar los ojos despertó. Los carteles desperdigados a lo largo y ancho de su antigua ciudad le habían insistido en lo contrario. Todo, absolutamente todo, sugeria que había cometido un gran error. Pero ya no había vuelta atrás. Había despertado y no desaprovecharía la oportunidad.

Allí estaba. Solo. Ni rastro de su antigua cilivilización. ¿Dónde narices estaba? Había estudiado mucho -su abuelo era un gran coleccionista de libros y Ellis había tenido acceso a ellos-; conocía al dedillo casi la totalidad de la historia de la humanidad...desde sus origenes hasta... finales del siglo XIX aproximadamente. El último libro de la biblioteca familiar estaba editado en 1879. Su abuelo, del que había heredado su fascinación hacía lo humano, le explico con aire triste que ya no existian sueños lo suficientemente valientes como para traspasar la frontera.

Ellis tenía miedo. Cualquier visita a la Tierra se tildaba de locura y se rumoreaba que los humanos se habían convertido en crueles criaturas que aniquilaban hasta el más inocente de los sueños. Ellis procedía de una familia muy respetada. La República reconocía tres grandes clanes (además de los innumerables híbridos): los sueños felices (fantásticos, graciosos, eróticos...), los neutros (viajes al pasado, sueños absurdos...) y las indeseables pesadillas. La familia de Ellis estaba formada integramente por sueños felices. Su apellido, Ilusiones Futuras, era uno de los más respetados.

La enemistad de la ciudad y de sus habitantes (sueños de todos los colores y sabores*) hacía los seres humanos se había desarrollado en un período muy corto de tiempo. Durante la totalidad de los siglos anteriores, la relación de los sueños con las personas siempre había gozado de buena salud , a pesar de roces puntuales. Pero la entrada de la humanidad en el revolucionario siglo XX hirió profundamente el alma de la mayoría de los sueños. El siglo XX fue un siglo trágico para casi todos ellos (con excepción de las pesadillas; que ni siquiera estaban del todo a gusto debido a la fuerte rivalidad con las desgracias reales).Pocos se cumplían. La barbarie y sinrazón del siglo empujó a la República a romper cualquier lazo de amistad con los humanos. Los sueños ya no podían fiarse de ellos.

A lo largo de la historia habían ayudado a las personas a cumplir sus mas anheladas ilusiones, a mantener emociones que la realidad les negaba. Pero la gente ya no creía en ellos,incluso les depreciaban tachándolos de falsas ilusiones que no hacían más que atontarles e incapacitarles para la vida real. El siglo XX se había convertido en una maraña de gente gris, malvada, donde el dinero y la rivalidad eran los dioses. Y su heredero, el recién nacido siglo XXI, parecía muy dispuesto a seguir sus pasos. Se había borrado cualquier esperanza y cualquier sueño que desoyera los consejos de sus superiores se exponía a considerables peligros (la ciudad estaba plagada, como ya os he contado antes, de carteles que pregonaban Cualquier intromisión en el mundo humano tendrá horribles consecuencias, Por su propia seguridad no traspase la frontera o un simple y contundente NO abra los ojos). La estrategia de la República era disuadir pero NUNCA prohibía, los sueños se basaban en la libertad. Por eso a Ellis le había resultado tan fácil escapar.



¿Cómo se desenvolvería Ellis tras cerrar los ojos –mecanismo para traspasar la frontera-? ¿Sería cierto lo que anunciaba la República?¿Los sueños no tenían cabida en el siglo XX? ¿Y en el XXI?

Continuará

Nada de nada (II)

El silencio de la noche fue su aliado. Para escapar Ellis tenía que pasar desapercibido, cualquiera podría descubrirle. Antes de dar el gran paso, se concentró procurando mimetizarse con la niebla (los sueños son muy moldeables, tienen esa gran capacidad); cerró los ojos.

Al principio nada parecia haber cambiado pero al cabo de un rato notó un fuerte dolor de cabeza y un sabor amargo en la garganta, causado probablemente por algun cambio químico en su cuerpo. El silencio y la oscuridad del bosque se convirtieron en lo opuesto: luz, mucha luz y sonidos que Ellis tardó en reconocer. El verde del bosque se mantenía en las paredes de aquella habitación. Un momento...

La espuma del mar, un grano de sal o de arena
Una hebra de pelo, una mano sin dueño
Un instante de miedo, una nota perdida
Una palabra vacía en un poema
Una luz de mañana, así de pequeña soy yo
Nada de nada

Nada de ti, nada de mi
Una brisa sin aire soy yo
Nada de nadie
Nada de ti, nada de mi
Una brisa sin aire soy yo
Nada de nadie

Un momento...Aquella chica... Aquella canción...

Un copo de nieve, una lluvia que llueve
Un pensamiento, un abismo entreabierto
Una palabra callada , un lo siento
Un paso sin huella
Soy un camino que no tiene destino
Una estrella apagada
Asi de pequeña soy yo nada de nada

La música había parado: la chica se habría cansado de ella. Acurrucada en el sofá miraba al vacio. Pelo liso, negro, muy largo, tez blanca... esos ojos...aquel vestido. Sí, no había duda, era ella.

Yo era muy pequeño. Ella también. Pero algo nos unía. Ocurría de noche. Me pillaba de improviso. Daba igual que estuviera ayudando a mi madre, jugando, durmiendo, siempre ocurría. Todo se paraba. No me acuerdo cuando comencé a escucharla, al principio solo era su voz, pero llego un momento en que también veía lo que me enseñaban sus ojos, lo que ella quería mostrarme, la veía a ella, a su mirada. Era mágico. Cada noche me contaba un secreto, una ilusión, no me conocía pero volcaba toda su confianza en mi sin ningun tipo de pudor. Poco a poco nos ibamos haciendo mayores. La duda, su duda, crecía. Recuerdo la última vez que la ví...y también aquella endiablada música que nos separó. Se despidió cantando.Un soplo de vida, una verdad que es mentira. Un sol de invierno, una hora en tu noche. El silencio de adioses, un sin quererlo. Un segundo en tu sueño. Soy un peldaño subiendo tu escalera. Una gota sin agua . Asi de pequeña soy yo. Nada de nada...

Un día deje de recibir sus improvisadas visitas nocturnas. Supuse que se había hecho mayor del todo y asi era. Es triste pero solo los niños nos visitan. La suerte había querido que nos volviesemos a encontrar y allí la tenía, sentada en el sofá. Había pasado más de una década pero nunca me olvidaré de su mirada. Las ilusiones se van, los sueños se borran con los años, aquella chica ya no me recordaba y probablemente tampoco podía verme. Al fin y al cabo solo soy un espejismo, un sueño. Invisible.

Ellis se sento junto a ella.
La rodeó con sus brazos y se quedó así hasta dormirse. Ella ni siquiera notaba su presencia.

Un segundo en tu sueño
Una nota vacía
Una brisa sin aire
Una palabra callada
Nada de nada



Nota: la canción que aparece en el relato no es otra que Nada de nada, de Cecilia , versionada por Amaral en uno de sus discos.

Continuará

La imaginación tiene la cabeza llena de pájaros



Como el Señor de las Historias no es un señor, tendréis que dirigir vuestra investigación cuentacuentil hacía otros derroteros. Yo lo descubrí hace unos meses y tengo que admitir que me costo más insonmios de los que hubiese imaginado. Tuve que empezar de cero, hasta que logré hablar con Isabel Sanfeliu, una de las profesoras del colegio “Antoine de Saint-Exupéry”. Sólo tenía un dato: el “Señor de las Historias” (que como ya os he dicho...de señor no tenía ni la ese...) se llamaba Mark y no medía más de 1,15 metros. Me lo soplo un pajarito, no me preguntéis cual (pudo ser un tucán,un albatros, un gorrión o incluso un pelícano...) porque me pondríais en un compromiso. Tengo cierto reparo a ayudaros:soy muy orgulloso y me cuesta dar tan a la ligera una información tan valiosa (creedme, en cualquier periódico londinense pagarían miles de libras por el soplo) y que me costó tanto esfuerzo conseguir, pero siento tal debilidad por vosotros, queridos cuentacuentos...Al final vuestra encantadora habilidad (me tenéis enganchado a vuestras historias, sois mi cafeína) acabara por debilitar mi enorme pero débil cabezoneria. Me lo habéis pedido tantas veces...De acuerdo, os contaré el secreto pero con una condición: ¡cremallera!


Mark se levanta todos los días, sin excepción, a las ocho de la mañana. Normalmente después de darle el desayuno y vestirlo, lo llevan –de la mano, por supuesto- al centro Antoine de Saint-Exupéry. Pocas veces pone inconveniente en decir adiós y despedirse hasta la hora de la comida, le encanta estar con el resto: es muy sociable. Las horas se le pasan volando, entre plastilina, pilla-pillas y cuentos...muchos cuentos. La seño está muy contenta con él, dice que es un niño muy bueno, aunque un poco trasto, con una imaginación de oro. En eso tiene razón la señorita Sanfeliu, a Mark se le iluminan los ojos cuando cuenta, con todo lujo de detalles, las historias que su joven cabecita inventa todos los días.Es increíble la imaginación y el talento que, con sólo cinco añitos, tiene el pequeño Mark. En casa le apodan “el principito”. Ya no solo por su carácter soñador y por la encantadora y dulce inocencia que le caracteriza; Mark es clavadito al pequeño príncipe...al verle es difícil no confundir sus rasgos (elegante y delgada figura, pelo rubio como el trigo, acariciado por el viento) con los del personaje del escritor francés.
La profesora me lo confesó:su hermano mayor tiene una página llamada “El cuentacuentos” donde os reunís todos vosotros, almas chorreantes de relatos. Acostumbra a decir que, aunque él sea quien lo dirija, en realidad es la esencia y fantasía de su hermano pequeño Mark, el principito, quien sustenta toda esa magia. Por eso os aseguro que, aunque físicamente sea una persona adulta, el Señor de las historias no es un señor... es un niño de preescolar, con alma de principito. De hecho, todos vosotros la tenéis. Para ser cuentacuentos es lo único indispensable: seguir siendo “principitos”. Suerte en vuestros planetas, con vuestros baobas y con todo aquello por lo que sintáis cariño (zorros domesticados, rosas...)

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura

Matar formaba parte de la naturaleza de Laura. Pero mi mente nubló ese detalle el día que decidí acogerla en nuestro hogar. Día de Año Nuevo.Aquella tarde, extasiado por una insensata mezcla de ilusión y corazonadas varias, decidí dejar a mi esposa a cargo del fogón y, movido por una inercia inexplicable, coger el sendero gris, atravesando el río, hacía La Aldea.

Quizá sea considerado por mi parte contaros un poco más sobre la vida que llevábamos mi mujer y yo en aquellas tierras; tierras que nos acogieron tiempo atrás y que ahora se me hacen tan lejanas. Mamen y yo nos conocimos como cualquier otra pareja:en la universidad. Hasta aquí todo normal. Compartíamos mucho más que amor y acalorado deseo. Nos unía una complicidad ideológica inigualable. Reacios a construir un futuro en común rodeados de gente gris y alquitranados suelos, decidimos cortar con las cruces del pasado y apostar por el presente de Ushuaia, paraje perdido en la pureza de la Argentina más próxima a tierras polares. Es aquí donde Laura inunda nuestras vidas. Nada más llegar a La Aldea y haciendo uso de nuestros ahorros, nos instalamos en una de las lindas casitas del pueblo: la del jubilado panadero local. La casa, que se encontraba apartada de las demás y pintada de un granate coqueto y alegre, era de una belleza singular.Fue su cercanía al río y a su único puente, famoso en la región por su desafiante altura, lo que nos terminó por convencer. Cierto es que podríamos habernos apañado con lo ahorrado pero Mamen y yo entendimos que sería mejor probar suerte con el humilde oficio de nuestro anciano predecesor. La Aldea, que por aquel entonces contaba sólo con un ultramarinos y una pescadería, además de la granja de cría de animales, lo necesitaba. Así lo hicimos y desde el comienzo nos sentimos felices al comprobar que la aceptación de la gente y su hospitalidad eran diarias. Cuando Laura llego a nuestras vidas creíamos que esta felicidad tendería a triplicarse.

Sucedió en Abril. La noticia nos colmó, perdimos todo rastro de tristeza acumulada años atrás: Mamen estaba embarazada. Fueron meses de locura y de sueños que se agolpaban formando relucientes filas a la espera de ser estrenados. Mamen lo llamaba Laura.Una magia especial nos rodeaba entonces, cuando nuestras tiernas cabecitas no paraban de construir castillos en el aire.Mamen lo llamaba Laura. Su rostro transmitía tanta paz que las ancianas del pueblo (llenas de sabiduría forjada en la experiencia) se adelantaron,sin equivocarse, a felicitarnos por la inminente llegada. Mamen lo llamaba Laura. Recibimos decenas de cartas y postales de amigos y familiares deseándonos su suerte. Mamen lo llamaba Laura. Incluso habíamos calculado que nacería a primeros de Enero. Mamen lo llamaba Laura. Empezamos a buscar nodriza de la que podernos fiar, los hospitales en Ushuaia brillan por su ausencia. Mamen lo llamaba Laura. Ya nos imaginábamos a la criatura correteando por la casa y Mamen estaba empeñada en el que lo primero que vería la primera vez que le sacáramos de casa sería el puente.Mamen lo llamaba Laura. A ella le encantaba el puente.Mamen lo llamaba Laura.Llegó Agosto.Mamen lo llamaba Laura pero todavía no tenía sexo definido cuando lo perdimos. El frío de aquellos meses, quizá el ajetreo, fue el causante del aborto. Mamen se derrumbó. Yo no lo exteriorizaba con la esperanza de que aquel ambiente cargado en el que se había transformado de repente nuestra vida volviera a parecerse a la de antes. Fueron meses en los que apenas escuché su voz, en los que el vientre de Mamen se debilitaba por momentos. Llegué a temer por su salud. No comía, su mueca no cambiaba. Su mirada parecía no dejar de mirar ni un instante al infinito.La vida es una noria, y nosotros habíamos caído desde la cabina más alta.


Septiembre.Octubre.Noviembre.Diciembre. Su salud se estabilizaba, nada empeoraba, pero Mamen se había convertido en un fantasma. Por eso el corazón se me lleno de esa insensata ilusión a la que me he referido antes cuando, con el calor de Enero, la esperanza se hizo un hueco a tropicones.

Fue aquella mañana de Año Nuevo cuando empecé a notar que Mamen mejoraba. Nunca antes,desde el fatídico día, había demostrado tanta vitalidad. Al despertar la encontré en la cocina, llena de aquella sonrisa limpia que me enamoró en Chile cuando la conocí. Volvía a ser ella. “Estoy preparando hogazas de centeno. Mariuca me enseño la receta. Te encantarán,ya te avisaré cuando estén listas”. Ni rastro de tristeza o melancolía en su voz. Lleno de una sorprendente tranquilidad,de la que no disfrutaba desde hacía mucho tiempo,me decidí a comenzar un pequeño paseo hacia La Aldea con la seguridad de que Mamen estaba bien. No me suelo fijar mucho en los detalles, pero aquel día todo me sonreía y si algo te sonríe tienes que mirarlo. Y eso es lo que hice con Laura. Primero la miré. Me sonreía pero a su manera. Me acerque. Ella maullaba, simpática. Simpática pero desamparada. Tuve una idea. Era justo lo que Mamen necesitaba. Otra Laura a la que regalar su amor. Por supuesto,no era lo mismo pero... conociéndola le haría ilusión. Cogí a la gatita –desde entonces bautizada como Laura- Mamen la cuidaría, de eso estaba seguro.

Cuando regresé a casa me sorprendió el silencio. Sólo se escuchaba el maullar de la gata que acabamos de adoptar. ¿Acabábamos? Laura ahora es adulta y caza ratones. Muchos ratones. Vive conmigo a las afueras de Buenos Aires: en el campo; no puedo dejar el campo. Matar forma parte de la naturaleza de Laura. De las dos Lauras. Una mata cada noche por instinto. La otra mató aquella tarde por capricho. O por locura. No sé. Fue el recuerdo de la otra Laura la que acabó con Mamen. Durante mi paseo regresó al puente y allí se quedó. Allí estará para siempre. Me dejó el centeno y una nota que nunca fui capaz de terminar.Hoy se cumple un año de su adiós.